lunes, 17 de septiembre de 2018

El PPS Recibe a AMLO



Ya deben sobrar por ahí reseñas de lo ocurrido ayer durante la visita del Presidente electo. Lo único que deseo resaltar es un encuentro del pasado con el presente que, sinceramente, me tomó por sorpresa.

El mero 16 de septiembre Andrés Manuel López Obrador vino al corazón histórico de Mazatlán a agradecer a los mazatlecos y demás sursinaloenses sus votos en las pasadas elecciones presidenciales. La cita era a las 16:30 horas en Olas Altas.  No sé cuántos éramos. ¿Dos mil, tres mil, más? No lo sé,  pero nadie esperaba una torta ni cien o doscientos pesos por acudir al llamado.   

Llegó él ya cerca de las 18:00 horas. Lenta, mejor dicho pausadamente recorrió una cuadra de la calle Mariano Escobedo hasta llegar a Olas Altas. AMLO saludaba personalmente a gente que lo esperaba  en uno y otro lado de la calle. Yo estaba apostado en la orilla de la banqueta, frente a la calle Escobedo. Una cerca metálica nos mantenía al margen. Pasó a menos de un metro de distancia de mí. Un hombre requirió su atención, le expuso un problema, le entregó unos documentos; él le firmó de recibido.

El rostro de AMLO mostraba gusto de ver esa recepción, al sentir ese  recibimiento. Pero no podía ocultar la fatiga.  Se veía cansado, muy cansado. Pasó rumbo al templete pero la gente quería un saludo de mano, un abrazo, una foto con él, más de una mujer le pidió un beso. A ese paso tardaría varios minutos antes de llegar a El Venadito, es decir al templete.

Hora y media bajo el sol inclemente, atenuado ocasionalmente por una que otra nube, era tiempo más que suficiente. Ya lo había visto. Decidí retirarme apenas pasó a mi lado. Caminé hacia la esquina donde se ubica la entrada a los tribunales federales y desde ahí pude ver una escena que me pareció inédita. Mensajeros del pasado se unían al presente.

Tres banderas solferinas flotaban sobre la multitud. ¿Nostalgia o verdadera presencia partidaria? Su nombre se me oculta en alguna neurona dormida, pero de inmediato me vino a la gente aquel viejo, casi anciano compañero trabajador de los Astilleros Unidos de Mazatlán de quien casi todos se reían debido a su filiación pepesista. Recordé de inmediato su bigote cano, pero sobre todo su sonrisa. Aquel gesto con el  que respondía a quienes se burlaban de su filiación en el Partido Popular Socialista; era esa, la suya, una sonrisa de dignidad, de condescendencia. Con dignidad recibía los escarnios de sus compañeros de trabajo, condescendiente aceptaba la ignorancia política de ellos.

Ahí estaban en Olas Altas recibiendo a AMLO, al presidente de la izquierda, tres banderas  del PPS, del partido político cuyo certificado de defunción fue firmado en 1997.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Escupitajos al INEE


Escupitajos al INEE
© Antonio Lerma Garay

El 7 de agosto de 2002 el presidente Vicente Fox Quezada decretó la creación del Instituto Nacional para la Evaluación Educativa, concediéndole en sus considerandos independencia de las demás autoridades. No obstante, fue mediante la reforma constitucional del 25 de febrero del  2013 cuando se elevaron  a rango constitucional tanto a dicho instituto como a la evaluación educativa.

Fue así como el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación renació el año 2013, pero como un hijo no deseado, salvo por algunos sectores. Para los profesores ha sido considerado una afrenta; para el sindicato representó la pérdida de algunos de sus privilegios; para la oposición izquierdista al gobierno un agravio más. Fue el INEE, pues,  en conjunto con la reforma educativa, como  el embarazo  de una mujer a sus  cuarenta y ocho años de edad: sencillamente no deseado.

En los pasados dos años me  tocó trabajar eventualmente pare el INEE,  en campo y en oficina. Siempre como el último o casi último de los eslabones. Pero gracias a ello pude darme cuenta de algunas de las  bondades y  lados flacos tanto de la evaluación y del instituto.  Burocratizado y centralizado éste, tanto que bien podría decirse sovietizado. La evaluación, MUY NECESARIA, mirada por regla general con desconfianza, innecesaria.

Gracias a esos viajes de evaluación conocí a maestros que dan todo por su camiseta: una joven maestra de preescolar en Píramo Viejo, Quilá, municipio de Culiacán, quien atiende a dos grupos, es además directora del centro escolar y también, por supuesto, la administradora.  Vive en un poblado vecino a Píramo y sin carro propio a diario se ve obligada a pedir “raite”. Dos veces profesora, directora y administradora del preescolar recibe un sueldo de $ 1800.00 quincenales. Sí, un mil ochocientos pesos cada quince días.
En la otra cara de la moneda, conozco a una mujer que de cantinera pasó a ser a maestra de niños en un CAM de aquí de Mazatlán; sin haber pasado siquiera por la preparatoria, ya no digamos Escuela Normal o Universidad Pedagógica. ¡Viva México!

El nuevo gobierno ya ha resuelto la abrogación de la Ley de la materia y, por ende, la inexistencia tanto del Instituto como de la evaluación en un “por mientras”. Malparido, el INEE no ve lejos su desaparición; sin embargo,  tiene un calendario programado de actividades y está obligado a cumplir con él.  
Desde el Congreso de la Unión, Diputados y Senadores  del partido político  MORENA  han solicitado al INEE deje de cumplir con las funciones que le competen. Sin embargo, el INEE cumple con una función, para bien o para mal, perfectamente establecida en la Carta Magna. Además, fundamental: Contra la Constitución no puede argüirse Ley alguna, mucho menos un punto de acuerdo.

¿Dónde quedó el respeto interinstitucional? ¿Y  las formas? ¿y el respeto a la Ley, a la Constitución? Los priístas se caracterizaron por aventar al  escusado cuanta ley podían, incluida la Carta Magna. Visto está que con los de MORENA no va haber mucha diferencia al respecto. Si ya se está aplaudiendo la desaparición del INEE: “no va a quedar ni una coma de la reforma educativa”, dijo el diputado Mario Delgado.

Centralizado, burocratizado hasta el exceso, sovietizado si se desea adjetivar así; pero  el INEE tiene existencia constitucional y constitucional es su función. Y no hay “punto de acuerdo”, así sea de ambas cámaras,  que esté por encima de dicho precepto constitucional (contenido en el artículo tercero).  Por ende, el INEE debe continuar con sus funciones mientras el cuerpo normativo que le dio vida jurídica no sea abrogado.

Pero si hasta un miembro de su “Junta de Gobierno”, Gilberto Guevara Niebla,  ya salió volando hacia los nuevos horizontes, si el comunicado de respuesta a la Cámara emitido por el propio INEE se ve timorato. Pero ¿por qué no guardar las formas, respetar tiempos, ley, constitución? ¿Por qué no permitir que el que agoniza muera con dignidad?


jueves, 30 de agosto de 2018

La Batalla del Hotel Belmar




La Segunda Guerra Mundial dio inicio el primero de septiembre de 1939 cuando el ejército Nazi invadió Polonia y Alemania le declaró la guerra a Francia y a Gran Bretaña.
En mayo de 1942 submarinos alemanes atacaron los buques mexicanos Potrero del Llano y Faja de Oro, los días 13 y 20 respectivamente. Estos ataques llevaron al presidente Manuel Ávila Camacho a solicitar al Congreso le declarara la guerra a las Potencias del Eje, Alemania, Japón e Italia.  Aprobada la declaración de guerra, México envió su famoso Escuadrón 201 al frente de batalla en las Filipinas.

Desde meses antes de la declaración de guerra, el gobierno estadounidense había recomendado a su similar mexicano reforzara sus puertos en el Pacífico ante una posible invasión japonesa, en especial se mencionó a Mazatlán y a Manzanillo. Las fuentes estadounidenses estimaron que el ejército mexicano movilizó a los principales puertos de la costa oeste unos 20 000 efectivos por si las predicciones del vecino del norte resultaran ciertas.

Sin embargo, trece meses antes de dicha declaración de guerra se suscitó en Mazatlán un pequeño capítulo  que nos da una idea de lo que nuestra ciudad era en esa época. El Hotel Belmar fue el escenario perfecto para lo que sucedió ese viernes 11 de abril de 1941.

Esa noche, en el restaurante del hotel, estadounidenses miembros  del Club Rotario celebraban una de sus reuniones. Una banda tocaba música apropiada para la ocasión, había vinos, platillos, cerveza. Así como un buen número de hombres altos, rubios y de ojos azules. En unas mesas había rotarios que hablaban inglés, en otras los rotarios locales hablaban español, pero en otras mesas había quienes hablaban alemán.
Estados Unidos aún no había entrado a dicha guerra, aunque…

Todo iba bien en la fiesta  hasta que a la banda que animaba la reunión se le ocurrió tocar el himno nacional de los Estados Unidos. Apenas comenzó aquella pieza cuando de una de las mesas se levantó un hombre y vociferando en el idioma de Nietzsche arrojó una botella en contra de los músicos, protestando así porque tocaban dicho himno.  De inmediato se vio volar otra botella y también se oyeron voces altisonantes en aquel idioma.
En respuesta,  de otra mesa se levantaron varios estadounidenses, algunos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial,  defendiendo  tanto su emblema como a aquellos músicos.

“Motherfuckers”, “Scheißkerle” y “Chingados” se oían en el salón mientras que platos, botellas y vasos volaban de las manos de los combatientes en contra de sus oponentes. Desde luego, se pasó a los puñetazos, hombre contra hombre, como en las películas. Las mujeres, los músicos y varios más buscaban la salida de ese campo de batalla.

De cinco a diez minutos duró aquella batalla en el Hotel Belmar hasta que hizo su aparición la Policía de Mazatlán que con sus reconocidos métodos científicos apaciguó aquella veintena de batallarosos.

La verdad es que la nota periodística no habla del número de combatientes por bando, mucho menos del método científico que utilizó la policía mazatleca para calmarlos. Lo que sí dice es que no hubo muertos, sólo heridos y que no hubo un solo detenido.



© Antonio Lerma Garay

sábado, 10 de febrero de 2018

"Mezcal" Sinaloense



Podrá usted creer que los magueyales de estas fotografías se ubican en el estado de Jalisco. Pero no es así. Estos extensos campos sembrados de magueyes mezcaleros se encuentran entre  los municipios de Mazatlán y Rosario, en el sur de Sinaloa. Y gracias a esta planta se produce "mezcal". No, no. Perdón. Legalmente no es mezcal.
El empantanaje jurídico estriba en el hecho de que el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial establece que la bebida alcohólica denominada "Mezcal" por Denominación de Origen se produce sólo en ocho estados: Zacatecas, Durango, Guerrero, Michoacán, San Luis Potosí, Guanajuato, Tamaulipas y Oaxaca.




Por ende, este acotamiento a esa denominación de origen excluye a Sinaloa, y la bebida alcohólica producida en nuestro estado no puede ser llamada mezcal.

No obstante, durante el siglo XIX Sinaloa fue un importante productor de mezcal y aguardiente, principal pero no exclusivamente en la zona sur  y en la región de El Fuerte.

Ignoro las circunstancias históricas que llevaron a Sinaloa a desaparecer prácticamente su producción de mezcal. En una ocasión alguien me dijo que se debió a una política de estado tendiente a favorecer al Tequila, también me dijo que se debió a los problemas de alcoholismo en una sociedad prácticamente analfabeta e ignorante que era  la sinaloense en el siglo XIX y parte del siguiente. ¿Serán estas dos razones las que llevaron a la extinción del mezcal sinaloense? La verdad no lo sé.

Sin embargo, por fortuna, la realidad actual rebasa el desdén gubernamental y los  campos sinaloenses vestidos de magueyales reclaman aquel pasado de buen mezcal producido en el estado de los once ríos.

PS. Por cierto, hace ya varios años mencioné que ante el problema que representa la denominación de origen del "mezcal", la bebida sinaloense producida a partir de estos magueyes perfectamente podría tomar y acuñar la palabra "Mazatlán" como su nombre oficial; durante el siglo XIX y gran parte del siguiente, la palabra “Mazatlán” era conocida en los principales puertos del orbe; aún hoy día esta palabra evoca su vocación y tradición turística. ¿Por qué no? Tal como lo hicieron tiempo atrás Cognac y Champagne, en Francia; Jerez, de España; el Oporto de Portugal; o Tequila, en Jalisco; o el queso manchego, el gouda, o el gorgonzola, o…

martes, 23 de enero de 2018

Alexander Kaufman Coney en la Vida de Porfirio Díaz

Alexander Kaufman Coney en la Vida de Porfirio Díaz


En junio de 1876 Alexander Kaufman Coney trabajaba como contador del vapor «City of Havana», el cual navegaba entre Nueva York, Nueva Orleans y puertos mexicanos del Golfo. Una noche abordaron la nave dos hombres cuya apariencia no dejaba lugar a dudas, eran mexicanos. Uno de ellos de inmediato fue a encerrarse en su camarote mientras que el otro, grande y fornido, primero tomó sus alimentos en el salón para después pasar a su cuarto.

Al llegar al puerto tamaulipeco una fuerte tormenta azotaba la región. El vapor había sido contratado para llevar un regimiento del ejército mexicano de ahí al puerto de Veracruz. Debido al mal tiempo la lancha que transportaba a los soldados mexicanos sólo pudo acarrear hasta el buque un pequeño grupo de ellos. Una vez que todos ellos abordaron, completamente desnudo, aquel corpulento mexicano salió aterrorizado de su camarote y se lanzó al mar. Sorprendidos, todos cuantos se encontraban en cubierta presenciaron aquel acto de locura, de desesperación, y alguien gritó  «hombre al agua.»

Aquel desconocido comenzó a nadar hacia unos bergantines que se encontraba muy lejos de ahí, a unos ocho kilómetros de distancia. Del vapor un bote salvavidas fue bajado de inmediato y dos hombres fueron al rescate de aquel hombre, pero debido a la tormenta y a que éste nadaba excepcionalmente rápido no les fue fácil darle alcance. Al peligro que para aquel nadador representaba la tormenta había que agregarle otro inconveniente: se trataba de una zona plagada de tiburones.

Por fin los rescatistas le dieron alcance y lo obligaron a subir al bote. Minutos después, cuando la lancha regresó al vapor y fue subida con aquel hombre desnudo, una joven mujer mexicana lo reconoció y de inmediato consiguió una sábana. Coney vio a aquella mujer arrojársela para caer justo sobre la cabeza  de quien había intentado huir quién sabe de qué. Luego ella lo ayudó a llegar a su camarote. Minutos después Manuel Gutiérrez Zamora, de los correos mexicanos a bordo,  fue a ver al contador del banco y le explicó la situación: aquel que había intentado huir no era otro que el general Porfirio Díaz Mori, quien siendo prófugo del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada y al ver a soldados mexicanos abordar el vapor  prefirió arriesgar su vida en las turbulentas aguas antes que ser atrapado. Zamora pidió a Kaufman ayudara a Díaz, ya que si los soldados lo atrapaban terminaría fusilado. Tras haberlo visto nadar de aquella manera tan desesperada, el general mexicano se había ganado la simpatía del estadounidense y éste prometió hacer todo lo que estuviera a su alcance.
Gutiérrez Zamora llevó a Coney al camarote de Porfirio Díaz,  los presentó y luego los dejó solos.  El mexicano se levantó de su litera con signos de angustia pero se identificó como un masón.  Luego le dijo que si bien había sido derrotado en Icamole, la mejor gente de México aún estaba de su lado.
«Por supuesto que si usted me ayuda y soy capturado, usted será considerado parte de un crimen y será fusilado», le dijo Díaz.
En eso se acercó un buque de guerra estadounidense, y Coney le propuso al otro llevarlo hasta él. Nada ignorante, Díaz le dijo al otro que los oficiales de  aquel navío se rehusarían a ayudarle.  El contador insistió, y cuando un teniente del otro barco llegó al «Havana» por el correo, no perdió tiempo y le expuso el caso. De inmediato, dejando a un subalterno en el buque civil, este militar regresó a su barco para exponerle el caso a su capitán. Díaz había tenido la razón, la respuesta del capitán del otro barco fue negativa.

Fue entonces cuando el coronel del regimiento de soldados mexicanos llegó hasta donde se encontraba Coney para pedirle un favor. Le solicitó llevarlo a platicar con el capitán del «City of Havana» y servirle de intérprete; lo cual le concedió sin cortapisa alguna. Durante la entrevista, el militar mexicano fue directo al grano: quien había intentado escapar por la borda no era otro sino el general rebelde Porfirio Díaz Mori, y le demandó al capitán del navío entregarlo a la justicia mexicana. La respuesta del capitán también fue directa y contundente, no podía entregarle a Díaz ya que “El «City of Havana» navegaba con bandera estadounidense por lo cual  era considerado suelo de dicho país. Y, por ende, al igual que los demás pasajeros el  general rebelde gozaba de los derechos de estar en suelo estadounidense.” Lo que sí podía hacer es obligarlo a bajar  en Tuxpan, Veracruz, lugar para el cual había comprado su boleto. Ante esta evasiva el coronel le pidió permiso para colocar un guardia en la puerta del camarote de Díaz; aquél de inmediato accedió.

Aquel coronel mexicano no hablaba inglés y el capitán estadounidense no hablaba español, así que el pagador le dijo que no podía colocar un guardia en la puerta del camarote del fugitivo, pero que sí podía hacerlo en la popa. Terminada la entrevista, Coney fue al camarote de Díaz y lo puso al tanto de la situación. Qué piensa usted hacer, le preguntó éste.
-¿Cree usted tener la fuerza y el ánimo suficiente para permanecer encerrado en el closet de mi camarote? –le preguntó Coney.

Dicho espacio era tan reducido que ningún ser humano podía permanecer en él de pie ni sentado… pero era la única posibilidad de escapar de esa situación.

El «City of Havana» permaneció en Tampico los siguientes tres días, y al término de ese período ya habían abordado 900 soldados mexicanos. Durante esos días  Díaz pasó con altas fiebres. Pero antes de zarpar,  Coney se las ingenió para llevar a su protegido hasta su camarote sin que el guardia mexicano se diera cuenta. Ya ahí, al general mexicano no le quedó otra sino encerrarse en aquel pequeño guardarropa.

Coney había proporcionado al fugitivo Díaz algo de su propia ropa. Y así, ideó un plan.   Pidió al doctor del barco ayudarle lanzando un salvavidas  por la borda mientras él dejaría la ropa de Díaz en su camarote. Por la mañana alguien gritaría que el fugitivo mexicano había escapado saltando por la borda. Y así fue: a las seis de la mañana del día siguiente alguien gritó “hombre al agua” lo que causó un gran alboroto en el barco. Según esta historia, Porfirio Díaz había saltado al agua protegiéndose con un salvavidas.

De inmediato Coney fue llamado a rendir cuentas a su capitán. Pero también los soldados mexicanos entraron en acción. El estadounidense les explicaba que no era posible que alguien saltara así nomás al mar y que seguro Díaz Mori se encontraba en el barco. Aún más, los animó a registrar el buque de arriba abajo, de proa a popa. Él personalmente sería su guía. La tropa mexicana así lo hizo: sin éxito registró cada pulgada del navío intentando hallar al fugitivo; esculcó por todas partes excepto en los camarotes de los oficiales, incluido el de Coney.

Coney habló con Díaz y le hizo saber que nadie sabía de su presencia en el barco, excepto él, el doctor del navío  y… quizá aquella dama que le había ayudado cubriéndolo cuando fue rescatado del mar bravío. El mexicano le pidió investigar las pretensiones de la mujer, y él así lo hizo. El pagador fue al camarote de la dama y le preguntó cuáles eran sus intenciones.  La respuesta de la mujer fue vehemente:
- ¿Supone usted por un momento  que yo traicionaría al héroe de mi patria? No, yo lo defendería hasta el dar la última gota de mi sangre.

Al ver su apasionada contestación, Coney le pidió permanecer en su cuarto el resto de la travesía para evitar sospechas. La mujer así lo hizo.
En los tres días siguientes Díaz apenas probó alimento ya que el pagador del barco no se arriesgaba a llevarle más comida que la que le cabía en la bolsa de su pantalón. Disciplinado, Díaz abandonaba el closet llegadas las once de la noche y se recostaba para descansar.
Sin embargo, el coronel mexicano no había sido engañado por Coney, y sus soldados estaban atentos vigilando su camarote; incluso incrustando sus bayonetas en el closet intentando. La noche antes de llegar a Veracruz, el militar mexicano  pidió a Coney una entrevista. En el principio el coronel le agradeció al pagador por su ayuda, pero después el tono cambió.

-  No entiendo por qué, usted, un joven brillante, ha escogido ayudar al traidor general Porfirio Díaz. Dígame dónde está él, o terminará fusilado.

Pero Coney ni se inmutó. Entonces el militar mexicano apeló al interés de la humanidad, en evitar una guerra civil, en prevenir muertes inútiles. Pero el pagador no cambió de parecer.
- La tripulación del buque es de sólo 52 hombres –le dijo Coney­– usted tiene 900 efectivos. Y si usted sospechaba que Porfirio Díaz se encontraba a bordo debió haberse posesionado del barco. Ya después su gobierno arreglaría ese problema que usted causara. Seguro es que usted habría sido ascendido a general.

La entrevista terminó ahí. No obstante, al día siguiente el mismo militar fue a hablar con Coney:

- He sido autorizado a ofrecer a usted 50 000 dólares si me dice dónde se esconde Porfirio Díaz.

Coney lo miró, y el mexicano continuó:

- Por esa suma un estadounidense vendería hasta a su padre.

Pero Coney no vendió a Díaz. Y tras rechazar traicionar a su protegido regresó a su camarote. Ahí le platicó al general fugitivo lo que había sucedido. Después de escucharlo el otro le pidió lápiz y papel, luego comenzó a escribir. El estadounidense le preguntó que qué hacía. “Yo puedo hacer más por usted que el coronel” Díaz le dijo. Sin embargo, Coney rompió aquel papel sin haberlo leído, y reclamó a Díaz por esa acción que él consideró un insulto. Al ver esta reacción, los ojos del futuro presidente de México se enrojecieron de emoción, luego corrió a abrazar a su protector. 

Ya sin soldados mexicanos, el pagador llevó al general al cuarto de máquinas donde quedó escondido hasta que pudieran continuar con el plan trazado por Coney. Engañado, un lanchero llevaría a Díaz hasta la playa.  Y esa noche, cuando el lanchero del barco preguntó al pagador dónde estaba la caja que debía  bajar a tierra quedó perplejo;  de inmediato supo que se trataba de aquel fugitivo que era buscado por soldados y policía mexicanos. Esa noche Porfirio Díaz, Kaufman Coney y aquel lanchero estaba aterrorizados. Luego, ante la negativa de éste  de auxiliar al fugitivo, a  Díaz no le restó sino nadar hasta tierra A pesar de ello, el general mexicano fue capaz de llegar a tierra y huir rumbo a Oaxaca.


Ya presidente, Porfirio Díaz no olvidó aquel gesto de ayuda de aquel masón que arriesgó su vida para ayudarle. Y en 1885 lo nombró Cónsul de México en San Francisco, California. No sería sino hasta el 19 d abril de 1903 cuando Coney sería relevado de dicho  puesto. Nacido en Luisiana el primero de abril de 1849, moriría el 4 de enero de 1930.

domingo, 7 de enero de 2018

Tres Capítulos Mexicanos en la vida de Frederick Jebsen

Tres  Capítulos Mexicanos en la vida de Frederick Jebsen


UNO. Detenido en Guaymas.
Hijo de Clara y Michael Jebsen, nacido en 1891 en Hamburgo, Alemania, Frederick Jebsen era un joven empresario naviero quien era el director de su propia compañía, la Jebsen Steamship Company, de San Francisco, California, la cual operaba los vapores Erna y Ella. Su familia era propietaria de grandes compañías navieras en aquel país europeo. Pero sobre todo él era un miembro de la élite social, su presencia causaba furor en la aristocracia de dicha ciudad. De pelo rizado y rubio, ojos azules, siempre bien vestido, el fornido fúcar medía 1.98 metros de  altura; además de alemán hablaba ruso, italiano, francés, español e inglés.  Compartía un lujoso departamento con el Barón Von Berkheim, miembro del cuerpo consular del país europeo.
Era 1913 y México ya convulsionaba debido a la guerra civil, y por ello muchos navegantes evitaban viajar a estos lares. Pero no Jebsen, al contrario, intrépido y atrevido él veía en estas circunstancias las posibilidades de crear ganancias para su compañía y para él. Fue por ello que  en más de una ocasión viajó a puertos mexicanos y a la misma capital de este país. La compañía Jebsen había adquirido un buque más, el Jason, de bandera noruega. Y en aquella época en los puertos mexicanos no había aún aparatos telegráficos, por lo que los buques de guerra estadounidenses permitían enviar mensajes telegráficos privados. Innovador, el 14 de junio de 1913 Jebsen equipó su nuevo barco  con sistema de comunicaciones telegráficas convirtiéndolo así en un moderno centro de comunicaciones.
El domingo 28 de septiembre de 1913, el joven se encontraba en Guaymas, Sonora, y sin explicación ni causa alguna las tropas federales lo arrestaron y pusieron en el calabozo de un cañonero. Del buque de guerra mexicano, el alemán fue llevado a la prisión de aquella ciudad y luego sería trasladado a Mazatlán, donde sería juzgado por el delito de, de… Bueno, la verdad es que aquel hombre no había cometido delito alguno. Y seguro es que Victoriano Huerta, sentado en Palacio Nacional, ni siquiera sabía sobre la existencia de esta persona, pero dicha detención habría de traerle un pequeño dolor de cabeza.
El buque de guerra estadounidense USS Maryland se encontraba en las cercanías de Guaymas y cuando su capitán se enteró de la detención del “socialité”  de inmediato transmitió una nota que decía: “Jebsen, prisionero político desde el pasado domingo”. Muy pronto la noticia llegó a San Francisco, cuya  Cámara de Comercio de inmediato solicitó la intervención de la clase política a favor del teutón, con lo que el caso llegó hasta el Departamento de Estado, en Washington. Aún más, Franz Bopp, cónsul de Alemania en el puerto californiano y amigo íntimo de Jebsen dio aviso a su embajada en la capital estadounidense. Con todo esto el incidente fue mucho más allá, geográfica y políticamente; la noticia no tardó en llegar a Alemania y cuando la familia Jebsen se enteró, sin perder un segundo acudió ante el Kaiser Guillermo II solicitándole su intervención.

La embajada de Alemania en la Ciudad de México muy pronto elevó una protesta ante las autoridades mexicanas, el mismo káiser pedía una explicación a Victoriano Huerta, además la intervención del Departamento de Estado en Washington era inminente. Por ello,  la mañana del lunes  6 de octubre Frederick Jebsen fue liberado, y pasó de la cárcel a la habitación más lujosa de un hotel de Guaymas.  Después el exprisionero fue invitado a subir al cañonero Guerrero a bordo del cual fue llevado a Mazatlán, pero en calidad de pasajero en uno de los camarotes. Una vez de vuelta en San Francisco, Jebsen fue entrevistado y explicó que su detención se había debido a maquinaciones de sus competidores en el lucrativo negocio del transporte marítimo.

DOS. El Carbón del Vapor Mazatlán.
El 21 de agosto de 1914 la lancha torpedera Preble de la Marina de los Estados Unidos se posicionó en las cercanías de la Isla de Alcatraz, en San Francisco, California, con la única misión de impedir la salida del vapor Mazatlán, propiedad de la Jebsen Steamship Company, pero que navegaba con la bandera tricolor. Menos de un mes antes, el 24 de julio, había estallado la Gran Guerra, y Estados Unidos  y México se mantenían neutrales. Pero en un triángulo formado por Samoa, Seattle y Mazatlán, catorce buques de guerra japoneses peinaban esa gigantesca superficie en busca de cinco poderosos cruceros alemanes que amenazaban a los buques mercantes de Francia, Reino Unido y Japón. Para el 4 de agosto, y desde días antes,  en las aguas mazatlecas se encontraba anclado el buque de guerra alemán Leipzig, sin rebelarse cuál era su misión.
Al parecer el Jason, aquel buque noruego, cambió de nombre y de bandera, pasando a ser el Mazatlan. Y encontrándose en San Francisco fue cargado con 500 toneladas de carbón.  Luego, el jueves 20 de agosto, aplicó para que se le permitiera  zarpar del puerto, permiso que le fue negado por las autoridades arguyendo que aquel carbón estaba destinado para algún buque de guerra alemán. Pero el caso no terminó ahí, sino que fue enviado a Washington, donde el día 24 el Departamento de Estado  ordenó se le permitiera la salida, pero con ciertas condiciones: Si el Mazatlán entregaba aquel mineral a algún buque alemán sería considerado quebrantamiento al estado de neutralidad que guardaba Estados Unidos; por ende, se debería otorgar una fianza de 20 000 dólares para garantizar la cual fue otorgada por el representante alemán en aquel puerto. Muy pronto el Mazatlán zarpó rumbo a Guaymas. Y, tal como se esperaba, aquellas 500 toneladas de carbón terminaron en la cubierta del Leipzig.

Existen dos versiones de este asunto. Frederick Unger, cónsul de Alemania en Mazatlán establece que el carbón había sido comprado por la firma Iberri e Hijo de Guaymas, y que fue descargado en los muelles guaimenses. Dos días después de eso llegó el Leipzig y establece Unger “compró este carbón porque tenía todo el derecho de hacerlo”. Otra versión establece que de San Francisco, el buque de bandera tricolor se dirigió a Bahía Concepción, donde Jebsen mismo esperó al Leipzig y ahí transfirieron el mineral. Claro que, siendo él todo un galán, por supuesto que Frederick no realizó el viaje solo. Lo acompañaba el teniente Zur Hollee, pero en San Pedro, California, subieron a dos jóvenes mujeres, Grace Cunningham y Mabel S, quienes les alegraron el viaje. Según la primera de ellas el Mazatlán esperó al Leipzig en algún lugar de la costa bajacaliforniana donde transfirieron el carbón además de provisiones,  luego viajaron hasta el puerto de Mazatlán donde la otra mujer y el teniente se separaron tras una discusión con el empresario naviero.
Los vapores Erna y Ella habían desaparecido de Estados Unidos desde tiempo atrás. Y si bien el Mazatlán y Jebsen regresaron a San Francisco, este hombre sabía que pronto se abriría una investigación y por ello, subrepticiamente, en los últimos días de agosto de ese año salió de San Francisco. Pero antes de que esto sucediera, el 14 de octubre, el Mazatlán efectuó la misma operación y zarpó de San Francisco, entró a San Pedro donde cargó más mercancía y salió rumbo a puertos mexicanos transportando carbón y provisiones destinadas a barcos de bandera alemana.

TRES. Al servicio de los revolucionarios mexicanos.
En Estados Unidos se corrió el rumor de que el teutón había alcanzado la costa este del país y había abordado un barco alemán. Sin embargo, este hombre había decidido aposentarse en alguna playa mexicana. Aquí durante algún tiempo voluntaria u obligadamente sirvió a los constitucionalistas quienes a bordo del Mazatlán transportaron a Manzanillo un regimiento de trescientos soldados con tres generales. De ahí el buque navegó de regreso a Mazatlán, trayendo otro regimiento de soldados rebeldes con 650 soldados federales prisioneros, además de mil rifles, un millón de municiones y otros pertrechos. Abordo viajaba un militar que había dirigido gran parte del sitio a Mazatlán, el general Juan Carrasco. Éste, platicando con un joven tripulante nativo de Nueva Zelanda, le dijo “he estado en unas veintisiete batallas” El neozelandés miró el elevado número de cicatrices de bala que Carrasco tenía por todo el cuerpo, y señaló: “a juzgar por su  apariencia, puedo creerle”   

El 19 de agosto de 1915 el buque de guerra británico Baralog atacó y hundió el submarino alemán U36. Al publicarse la lista oficial de los muertos, ahí apareció el nombre de Frederick Jebsen. Pero el 16 de marzo de 1916 esta noticia fue desmentida por el consulado alemán en San Francisco,  el cual dio aviso oficial de que el exteniente se encontraba en misión secreta al servicio del káiser.

Finalmente el 8 de febrero de 1916, ante una corte federal de San Francisco,  se inició el juicio por haber infringido las leyes de neutralidad. El cónsul alemán figuraba como indiciado, lo mismo que el representante de Turquía,  Frederick Jebsen y veintinueve personas más. Se supo que Jebsen se encontraba en algún lugar de China.

La verdad es que Frederick Jebsen no era un hombre ordinario. Él había sido teniente en la marina alemana y actuaba como un miembro del servicio secreto. En la misma época del caso del carbón para el  Leipzig, se las había ingeniado para enviar armas a la India a bordo del barco Maverick, operación que fracasó pero no por causas imputables a él. Por ello, no fue raro que el propio káiser Guillermo II pidiera a Victoriano Huerta explicaciones sobre el arresto de su súbdito; por ello cuando Estados Unidos entró a la Gran Guerra consideraba a Jebsen como uno de sus grandes enemigos.

(En la foto Frederick Jebsen en los días en que fue encarcelado en Guaymas)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Las Páginas Negras de Antonio Rosales

Con la Historia Oficial lanzando siempre panegíricos y apologías de sus personajes históricos preferidos, a menudo dibujados como santos, como seres perfectos o al menos impolutos, y aunado a esto libros de autores que apasionados se apartan de la delgada línea de imparcialidad en que debe mantenerse un historiador si desea que su obra se apegue a la verdad,  resulta difícil creer que algunos  personajes de nuestra Historia fueran capaces de equivocarse, de mentir, de sentir envidia, de ser rencorosos, de ser mujeriegos. Fueron ellos, al igual que usted y que yo, hombres y mujeres de carne y hueso, con hormonas fluyendo dentro de sí, y por ende seres con sentimientos y con pasiones. Personas que amaban su patria, que deseaban lo mejor pare ella y sus hijos, pero que también sentían envidias, que sabían mentir, que eran capaces de traicionar, de equivocarse; que lo mismo podían amar a alguien u odiarlo. Plácido Vega Daza fue un mujeriego empedernido; Ramón Corona era envidioso y rencoroso; Eustaquio Buelna jamás pudo perdonar a Vega Daza y lo cubrió de oprobio sin piedad; y José Antonio Abundio de Jesús Rosales Flores, el “Héroe de la Batalla de San Pedro”, mejor conocido simplemente como  Antonio Rosales…

El 23 de junio de 1860 Plácido Vega se encontraba en campaña por el sur de Jalisco cuando el coronel Antonio Rosales, a quien Plácido Vega había puesta a la cabeza del Segundo Batallón de Sinaloa,  encabezó un movimiento intentando derrocarlo. Para ello el coronel se alió con Remedios Meza y Adolfo Palacio, quienes junto con el hermano de éste, licenciado Ricardo Palacio, y quien era ministro suplente del Tribunal de Justicia del estado,  fraguaron un plan e intentaron seducir a las tropas para destituir al gobernador del estado.   Al enterarse de esto Plácido Vega volvió a Mazatlán y se encargó de castigar a los instigadores. Sin embargo, a él le urgía salir rumbo a Sonora a unirse a Ignacio Pesqueira, pero el proceso seguido a los inculpados le entorpecía la salida; Antonio Rosales exigía ser juzgado por un Juez de Distrito y no por la justicia militar. El general temía que la sola presencia de estos hombres causaría una nueva asonada, por lo que optó por remitir  a Adolfo Palacios a Colima, previniéndole no regresar a Sinaloa, mientras que al coronel  Antonio Rosales lo envió a Acapulco con la prevención de no regresar a Sinaloa hasta recibir nuevas órdenes. Y allá fue conducido el coronel Rosales en la balandra Veloz, bajo la guardia del teniente Ignacio Zúñiga. Aunque no estaba en prisión, Antonio Rosales permaneció en calidad de preso en Acapulco, fue por ello que aprovechando la nula vigilancia que se ejercía sobre su persona,  el 22 de julio de 1861 se escapó abordando un buque vapor con destino desconocido.

Plácido Vega otorgó el perdón a Antonio Rosales. Casi dos años después de acaecida la intentona, el 25 de abril de 1863, éste entró en Culiacán siendo nombrado prefecto. Dos días después se celebró una Junta de Notables la cual, de la cual supo el general Vega, entre otras cosas resolvió respecto a él: “…para que sea elevada al Supremo Magistrado de la Nación. Los puntos que dicha representación debe abrazar son: 1. No admitir tu persona en el estado, caso que vuelvas; 2. Rechazarte con la fuerza en caso necesario…
El día 4 de mayo de ese mismo año (1863) Jesús García Morales volvió a encargarse de nuevo de la gubernatura del estado. Cinco días después, en Culiacán, el coronel Antonio Rosales mandó acuartelar a todos los elementos de la guardia nacional que pudo reunir, haciendo un total de 120.  Eran las 7 de la mañana del día 12 siguiente cuando los armó, equipó, y sin darles explicación alguna salieron rumbo a Cosalá. En un punto denominado Las Moras los soldados detuvieron su marcha y preguntaron al coronel cuáles eran su destino y misión. Ni Antonio Rosales ni su segundo, Fernando Ramírez, pudieron contestarles. Entonces los soldados  exigieron a Rosales les dijera a dónde los conducía. Viendo la situación, Fernando Ramírez optó por unirse a los soldados que exigían una explicación. Al no obtener respuesta los hombres lanzaron vítores al gobierno y al estado. Al verse descubierto, Rosales cinchó su caballo e inicio la huida. Los soldados le dispararon entre diez y doce veces, pero el coronel se alejó ileso. Los hombres regresaron a Culiacán, a  donde entraron a las 11 de la mañana de ese mismo día. El segundo del coronel Rosales manifestó que éste se quedó con seis mil pesos en libranzas contra Cosalá, las cuales había tomado de la casa de moneda de Culiacán. En aquel acto se recogieron varios cajones de parque, 49 fusiles y 129 pesos; numerario que, como premio a su proceder,  fue repartido entre los soldados que se rehusaron a iniciar la asonada.  Aún más,  Plácido Vega premió a los militares que no secundaron a Rosales, otorgándoles la suma de setecientos cuarenta pesos. El 4 de noviembre siguiente el prefecto y comandante militar de Culiacán, Ignacio Izabal,  realizó la ceremonia pública de premiación, en las cual el numerario se repartió entre los soldados fieles a Vega.

El plan del coronel Rosales, y al cual había enviado cartas a varios prefectos invitándolos a que se le adhirieran establecía: “…el plan será desconocer a don Plácido, porque las elecciones se hicieron bajo la presión de su tiránico poder  que se impedirá su vuelta; se suplica al gobierno general que haga volver al señor Márquez a ponerse al frente del estado….”  Poco después Antonio Rosales fue capturado y Jesús García Morales lo deportó al estado de Durango, encabezando él mismo la escolta.

El presidente Benito Juárez envió a Plácido Vega a San Francisco, California, a comprar armas para la guerra contra Francia. El general sinaloense inició las actividades propias de su misión. Pero poco después tuvo lugar una anécdota que da prueba de los sentimientos y las convicciones del héroe de la Batalla de San Lorenzo. Proveniente de Mazatlán y otros puertos del Golfo de California, el 30 de abril de 1864 llegó a San Francisco el buque vapor  John L. Stephens. El coronel Antonio Rosales venía abordo de dicho barco y de inmediato buscó a su antiguo enemigo para pedirle un favor. Narra el propio  fuertense en carta enviada al gobernador de Sonora, Ignacio Pesqueira: “…al arribo del vapor John L. Stephens a este puerto me manifestó el señor Antonio Rosales que como mexicano no podía permanecer indiferente a la situación que guarda nuestro país, ni dejar de ofrecer sus servicios a los estados de Sinaloa y Sonora cuando estaba el primero atacado por los franceses y lo iba a ser próximamente el segundo. Que en tal virtud ofrecía por mi conducto a los gobernadores de ambos estados  sus servicios. Cumpliendo antes que todo con el deber de mexicano, no he vacilado en complacer a este señor garantizándole que si usted no aceptaba sus servicios, lo dejaría en libertad para dirigirse a otro estado, o para regresar al extranjero”  El general Vega no sólo escribió esa carta, sino que también en la misma fecha y en los mismos términos  envió sendas misivas al gobernador de Sinaloa, Jesús García Morales, y al de Colima, Julio García. Aún más, en esa misma fecha Plácido Vega envió cartas a los comerciantes Celso Furhken, de Mazatlán, y Antonio Morales, de Guaymas, en las que les pedía: “…estimaré a usted de sobremanera que en caso de que el señor don Antonio Rosales solicite de usted su pasaje de esa ciudad para algún otro lugar se lo dé usted por mi cuenta particular seguro de que yo satisfaré su importe y que con esto aumentará el número de los servicios que a usted adeudo


El 15 de octubre de 1864, Antonio Rosales y Ramón Corona unieron sus fuerzas para derrocar al gobernador Jesús García Morales, por la madrugada sus tropas entraron en Mazatlán y lograron su cometido. El día 19 siguiente, al parecer el general Ramón Corona nombró al coronel Antonio  Rosales gobernador del estado de Sinaloa. No obstante, el 13 de noviembre siguiente se vio obligado a entregar esta ciudad a las fuerzas francesas. Y es aquí donde cometió un grave error ya que habiendo sido notificado sobre las fuerzas francesas que las hostilidades comenzarían a la mañana siguiente de su llegada, Rosales abandonó Mazatlán sin notificarlo a los franceses y así, estos comenzaron a bombardear la ciudad. Fue por este capítulo que la prensa francesa se mofó de Rosales: ”En el momento en que el cuerpo de desembarco ponía pie a tierra, los últimos pelotones de la guarnición escapaban por la ruta de Culiacán, y el general Lozada penetraba en la plaza, con 400 hombres, por la ruta de Presidio.  La caballería de este general se puso inmediatamente en persecución  de los fugitivos y diezmó su retaguardia. Nuestras tropas encontraron en Mazatlán 25 piezas de cañón, de los cuales 15 están en buen estado, que el enemigo, en la precipitación de su fuga, no tuvo tiempo de enclavar. Las municiones, los aprovisionamientos, una parte incluso de las armas de la guarnición que cayeron en nuestro poder, atestiguan el terror que la pronta determinación del ataque arrojó en las filas del enemigo.” (Le Monde Illustré. París. 14 de enero de 1865. Página 24.)



sábado, 21 de octubre de 2017

Cuatro Vestigios de la Historia

Cuatro Vestigios de la Historia

Si alguna vez visita usted Quilá, en el centro del estado de Sinaloa, lo invito a que conozca las luminarias colocadas en las cuatro esquinas de la plazuela principal, junto a la iglesia católica. Pintadas de color verde, de inmediato se dará usted cuenta de que se trata de envejecidos postes de fierro con tres farolas casi en el extremo superior;  éste se encuentra adornado con enredaderas y una hoja hechas de metal. Se trata sólo de dos pares de piezas viejas del alumbrado público de este pueblo;  pero sobre todo son objetos que constituyen vestigios de una historia olvidada de nuestro estado, Sinaloa.



Si usted ve con detención la primera de estas fotos, la que muestra una  lámpara completa, al principio podrá  parecerle nada especial. Sin embargo, en  el poste, a casi metro y medio del suelo podrá usted leer la inscripción que hay en cada uno de los postes: “Obsequio de la Colonia China.1910”




Durante el siglo XIX, por oleadas,  un elevado número de inmigrantes chinos llegaba a Mazatlán y de ahí se distribuían a lo largo y ancho del territorio del estado. Muchos traspasaban las fronteras estatales para aposentarse en otros estados como Sonora, Chihuahua y Baja California. Gente trabajadora, industriosa, estos inmigrantes asiáticos de inmediato fundaban y hacían florecer sus propios negocios, luego, gracias a éstos, contribuían a mejorar la economía regional. Fundaban tiendas misceláneas en las que vendían incluso lo que no vendían las tiendas de los locales; sembraban sus verduras en tierras que para otros eran inútiles; abrían restaurantes ofreciendo a los lugareños comidas y sabores que ni siquiera habían adivinado; en Mazatlán fue un chino, de nombre Luëng-Sing, quien fundó el primer hotel con servicio de restaurante, “La Fonda de Cantón”. Los chinos, pues, formaron parte importante de la economía regional.

Sin embargo, jamás fueron bien vistos por los mexicanos quienes los discriminaban, los vejaban, les robaban y saqueaban sus comercios, los asesinaban. Algunos historiadores ubican este sentimiento antichino como exclusivo del siglo XX, pero no es así. Esta repulsión data del siglo XIX: “En marzo de mil ochocientos ochenta y seis se esperaba la llegada del buque Sardony proveniente de China, el cual transportaba varios cientos de chinos. El gobierno mexicano había convenido la inmigración de  ellos para emplearlo en labores pesadas. Fue por ello que el día veintiocho se corrió la voz en Mazatlán de que este navío anclaría en las aguas mazatlecas trayendo a los inmigrantes asiáticos. Cientos de mazatlecos fueron hasta el muelle para protestar por la llegada de aquellos extranjeros, y cuando vieron un barco acercarse los gritos se acrecentaron. Sin embargo, se trataba del barco nacional Romero Rubio. Al percatarse de su error los agitadores marcharon por las calles dando rienda suelta a su xenofobia, por lo que fue necesario concentrar a todos los elementos de la policía para calmar a los racistas. Pero las fuerzas policiales fueron insuficientes por lo que resultó indispensable recurrir al ejército. En las calles se escuchaban consignas en contra de los chinos y pronto las casas que éstos habitaban fueron atacadas por la turba que destrozaba las puertas de las viviendas y se introducía para destruir todo lo que encontraba. Por fortuna los chinos al percatarse de este salvajismo habían huido de la ciudad, y todos resultaron ilesos.”  (Tomado de Érase Una Vez en Mazatlán, de Antonio Lerma Garay)

El gobierno federal se hacía de la vista gorda cuando había linchamientos y asesinatos en masa de estos inmigrantes, que también se daban en otros estados como Coahuila, Durango y Nuevo León.

Fue en Sonora y en Sinaloa donde se llegó al extremo de decretar la expulsión de los chinos de sus territorios. El  último día de agosto de mil novecientos treinta y uno los gobiernos de ambos estados decretaron la expulsión de los chinos. En los primeros días de octubre en Guamúchil, Sinaloa, se dio un enfrentamiento entre asiáticos y guamuchilenses cuyo resultado fue uno de aquéllos muerto y varios heridos por bando.

En el estado de Sinaloa los proscritos asiáticos eran obligados a dirigirse al puerto de Mazatlán, y en Sonora eran congregados en Nogales, sitios donde esperaban la deportación. Los que llegaban a este puerto eran en su mayoría granjeros quienes de un día para otro eran arrancados de sus tierras y por ende serían deportados sin llevar un solo centavo en sus bolsillos.

Pero qué despertaba esa xenofobia en los sinaloenses, sonorenses y otros mexicanos. La envidia parecía ser la primera explicación; los chinos eran propietarios del ochenta a noventa por ciento de las tiendas. La segunda explicación era que la Gran Depresión de Estados Unidos había hecho perder sus empleos a miles de mexicanos obligándolos a regresar a su país.

Son varios los estados que deberían ofrecer una disculpa pública a la comunidad china por aquellos actos y leyes xenofóbicas, racistas, discriminatorias; entre ellos, por supuesto, Sinaloa y aun el gobierno federal.  Algo que, claro, jamás sucederá.


Por ello, si alguna vez viaja a Quilá, deténgase un momento a apreciar estos cuatro fierros viejos que, más que eso, son recuerdos de un pasado vergonzoso, vestigios de una historia olvidada.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Mazatlán en el Colls Bleus




En su edición del 30 de abril de 1988 la revista parisina «Cols bleus: hebdomadaire de la Marine française» (Cuellos Azules. Hebdomadario de la Marina Francesa) publicó el artículo «En Amérique latine avec l'E.V.Henry» (En América Latina en el E. V. Henry) en el cual dedica a Mazatlán un par de párrafos con sendas fotografías.

Proveniente de Callao, Perú, Guayaquil, Ecuador, y de las Islas Cliperton, el 13 de marzo de 1988 ancló en las aguas mazatlecas el buque de guerra francés «Enseigne de vaisseau Henry» al mando del capitán de fragata Houyvet. Los objetivos principales de esta misión francesa eran la representación de Francia en el extranjero así como reafirmar la presencia francesa en el Océano Pacífico.

Es curioso, pero tan real, lo que se señala acerca de Mazatlán:
«La escala  mexicana fue quizás la más sorprendente de las tres por el carácter turístico de Mazaltán. Este balneario en la línea de Acapulco está lleno de turistas estadounidenses que llenan los muchos hoteles de moda, restaurantes y discotecas. Poco parecido al México folclórico, como se puede imaginar, pero esta escala es una transición ideal con América del Norte que se espera que sea igual de emocionante que su contraparte en el Sur. Sin debilitamiento, con renovado entusiasmo, continuamos nuestra misión a San Francisco, Portland, Vancouver y Honolulu.»

¿Alguien recuerda esa visita del barco francés? ¿Reconoce dónde están esas mazatlecas posando?