jueves, 25 de mayo de 2017

Winston Churchil y Supertramp



En 1977 el grupo británico de rock Supertramp lanzó su disco «Even in the Quietest Moments, Aun en los momentos más tranquilos Las siete canciones contendidas en el disco fueron escritas por los entonces líderes de la banda, Rick Davies y Roger Hodgson. La portada, en la que predominan el azul y el blanco, se ve un piano y su banquillo, cubiertos de nieve,  sobre aquél la partitura de la última y más larga de las canciones del disco: «Fool’s Overture, Obertura del tonto» de casi once minutos. Esta pieza comienza suavemente con un piano que luego de segundos es acompañado por una flauta, seguidos por unas campanadas y trompetas...

Pero, hablando de ingleses, dicen que el discurso más famoso de la Historia fue el que dio Winston Churchil cuando los nazis comenzaban a invadir parte de Europa, y amenazaban a la propia Gran Bretaña. El 10 de mayo de 1940 Churchil había tomado el cargo de primer ministro, y coincidentemente el ejército de Adolph Hitler había comenzado su ofensiva a Holanda, Bélgica y Luxemburgo. El estadista inglés sabía bien que la Gran Bretaña era uno de los objetivos de los alemanes, y el 4 de junio de 1940, pronunció este discurso que ha recibido el nombre de «We shall fight in the beaches, Pelearemos en las playas». La parte final del discurso es más que emotiva, le advierte al régimen alemán que los ingleses se defenderían y que lucharían hasta el final.  

Transcurre suave, tranquilamente la Obertura del tonto y justo cuando llega a 2:26 (dos minutos veintiséis segundos) Davies y Hodgson reproducen parte esencial del final de  «We shall fight in the beaches»:

We shall go on to the end... we shall fight on the seas and oceans… we shall defend our island, whatever the cost may be...  we shall never surrender  (Iremos hasta el fin… pelearemos en los mares y océanos… defenderemos nuestra isla, a cualquier costo… jamás nos rendiremos)

Las campanadas que preceden a este extracto, que parecen llamar al servicio religioso, no son coincidencia, son incidentales. Al final de éste una campanada más, exaltada, seguida por la nota del piano igual de sonora.

…We shall never surrender

sábado, 13 de mayo de 2017

¿Conoces a la «mazatleca» Kate Corbaley?


¿Conoces a la «mazatleca» Kate Corbaley?

Proveniente de Panamá el vapor Alaska llegó a Mazatlán a las seis treinta de la mañana del 29 de agosto de 1878 y zarpó de aquí  ese mismo día, a las 10:30 de la noche.  En el puerto sinaloense la señora W J Hinckley abordó el barco y se dispuso a viajar hasta San Francisco, California.  Sin embargo, la mujer se encontraba en avanzado estado de embarazo y  dos días después, el  primero de septiembre, la mujer dio luz a una bebé.  El señor Austin era el capitán del Alaska, y según la tradición de ese entonces, era prerrogativa de este oficial  ponerle el nombre  a quien naciera en su  buque, fue por ello que aquella niña fue bautizada como Kate Alaska Hinckley, en honor al vapor que la vio nacer.

Algunos biógrafos de esta niña consideran que nació en altamar, frente a Mazatlán. Creció en Colton y en San Berbardino, California. Se graduó de la Universidad de Stanford, obteniendo los más altos honores. Muy joven Alaska Hinckley se casó con Charles Corbaley, ingeniero de Los Ángeles,  pero tras doce años de matrimonio terminaron divorciándose. Fue entonces cuando la mujer  descubrió su verdadera vocación y pasión: se dedicó a escribir guiones cinematográficos y otras historias. Escribía también artículos para revistas de mujeres.  En una ocasión declaró: «Para algunas personas la vida es narrativa, para otras es drama. Para mí la vida es dramática. Nunca es una historia, y para mí escribir es la forma más fácil de expresión

En  1918 escribió Real Folks, con el que ganó un concurso de la revista Photoplay y que fue su primer éxito. Muy pronto se sumaron otras películas exitosas como Fire Brigade, Silent Sanderson, Teh Badlands y varias más.

En 1926 se unió a la Metro Golden Mayer y fue la responsable de analizar los guiones que escritores en busca de fortuna enviaban a la compañía para transformarlas en películas. Se calcula que ella leyó más de 5000 guiones.

Cuando Kate Alaska murió de neumonía, el 23 de septiembre de 1938, dejó a cuatro hijas, dos hermanas y un hermano.

¿Habías oído hablar de esta escritora «mazatleca»?

En la foto: La señora Corbaley y sus cuatro hijos.

Créditos fotográficos: Revista Photoplay. Enero de 1918. P. 103

lunes, 8 de mayo de 2017

La Primera Bicicleta en Mazatlán

La Primera Bicicleta en Mazatlán

Borda en los límites de la imposibilidad conocer la fecha exacta de la llegada de la primera bicicleta a Mazatlán, es en realidad muy difícil saber siquiera el año en que esto sucedió. Seguro es que llegó en barco, casi seguro que provenía de San Francisco, California, pero cuándo…No obstante, el año 1899 se publicó en Estados Unidos «Davy. Historia de un Gringuito» del  escritor  Henry S. Brooks en la que se nos brindan algunos datos reveladores al respecto. Davy Bowman y su madre se hospedaban en el Hotel Internacional de Mazatlán. Él era un niño de unos siete años de edad. Su padre era el coronel Bowman, superintendente de la Hacienda de los Toros, una mina en realidad, donde pasaba semanas enteras. La época en que se ubica está anécdota es muy cerca de la toma de Mazatlán por el ejército francés.

Una tarde apareció el coronel en el patio del hotel y le mostró a Davy una pequeña bicicleta, ya éste había recibido varias lecciones para montarla por lo que de inmediato su subió en ella y se paseó. Por la tarde, le había prometido su padre, el niño podría ir a la «alameda», es decir a la plazuela a pasearse. Y así sucedió. Horas más tarde, ya que el sol caía y el  calor había cedido unos cuantos grados, Davy y su bicicleta hicieron su aparición en la Plazuela de Mazatlán. Ahí ya se encontraban don Eugenio y el escritor Brooks, amigos del pequeño, quienes lo animaron a pasearse.

Al ver al niño rubio montado en aquel artefacto, todos los niños corrieron hacia él para presenciar el espectáculo inédito. No se trataba de una draisina, tampoco de triciclo para niños. No. Ahí estaba la bicicleta de Davy, la primera en aparecer en Mazatlán.

Entre los pequeños espectadores se encontraba una nativa de nombre Lolita Sánchez,  de la misma edad que Davy. Brooks, al verla interesada en la escena que se desarrollaba, la llamó para preguntarle:

«- Hija, qué piensa de todo esto.
- Creo que el gringuito es muy valiente –exclamo ella.
- Y muy ágil. ¿No?
-Si señor.
- ¿Te gustaría pasear en bicicleta?
- Si señor –dijo hesitando. Pero las bicicletas no son para las niñas. Podría caer  y lastimarme.
- ¿Te gustaría hablar con el gringuito?
- Si señor –dijo ella sin el menor rubor.»


Muy pronto Brooks presentó a Lolita y a Davy. Y mientras ella se mostraba interesada en aquel niño extranjero, éste no ocultaba su indiferencia. Al lado de ellos, un gran número de niños mazatlecos estudiaba, admiraba aquel artefacto de dos ruedas que nunca antes habían visto.

Días después Davy regresó solo a la plazuela para pasearse en su bicicleta, y entonces sucedió lo impensable: un policía celoso de su deber arrestó al pequeño por pasearse en la alameda y marchó con él y su bicicleta al juzgado. Eugenio y el escritor Brooks, al enterarse de este absurdo, corrieron de inmediato al rescate del pequeño. Cuando los dos estadounidenses entraron al edificio quedaron sorprendidos al ver a Davy sentado junto al alcalde como si fueran viejos amigos. Éste no sabía una palabra de inglés y el español del pequeño era muy limitado, pero ahí estaban hombre y niño sonrientes,  platicando lo mejor que la barrera idiomática les permitía.

Muy pronto el alcalde les pidió lo acompañaran. Y ahí iban él, Eugenio, Brooks  y Davy montado en su reluciente bicicleta. Ya en la plazuela, el oficial mexicano le dijo al pequeño ciclista: «De norte a sur, de oriente a poniente, todas las banquetas de Mazatlán son tuyas para que te pasees a gusto»



lunes, 13 de marzo de 2017

Ramón Corona y Antonio Rosales Derrocan a Jesús García Morales

                                                       Jesús García Morales

Sin lugar a dudas los tres principales generales con que contaba el presidente Benito Juárez en su lucha contra Maximiliano I y sus defensores,  invasores franceses y proimperialistas mexicanos, fueron Porfirio Díaz Mori, Mariano Escobedo  de la Peña y Ramón Corona Madrigal. Si bien hubo muchos más patriotas que se distinguieron durante la Invasión Francesa, pero  fueron estos tres  quienes le dieron la victoria.

Ramón Corona fue quien incansablemente defendió el suelo sinaloense, en especial Mazatlán y el sur de Sinaloa, pero sus relaciones con los demás defensores de la patria no eran miel sobre hojuelas. Plácido Vega Daza era el poderosísimo gobernador de Sinaloa, cuando fue al centro del país a defender la patria al frente de la Brigada Sinaloa, la cual salió de Mazatlán el día 5 de febrero de 1863. Luego el presidente Juárez ordenó a Vega partiera a San Francisco, California,  a comprar armas y pertrechos para el ejército mexicano, poniendo así fin a su carrera política.

Allá, en San Francisco, el general Vega tuvo la oportunidad de auxiliar a un personaje que al menos en dos ocasiones había intentado derrocarlo: Antonio Rosales. Huyendo y sin dinero, éste se presentó ante su antiguo enemigo diciéndole que se ponía  a su disposición para auxiliar a la patria frente a la invasión francesa. Plácido Vega pagó a Antonio Rosales su viaje  de San Francisco a Mazatlán, le dio dinero para sus gastos.
Al partir hacia el centro del país, Plácido Vega había nombrado como gobernador del estado al sonorense Jesús García Morales, y con aquél fuera del país tanto Corona como Rosales se dispusieron a derrocarlo.

Los problemas para García Morales se hicieron visibles ya desde el día 2 de octubre de 1863 cuando doscientos de sus hombres desertaron, tomaron sus armas y se establecieron en un punto denominado Loma Travesada, muy cerca de Mazatlán, a la sazón capital del estado.

El lunes  10 de octubre  Ramón Corona y sus hombres se encontraban en Villa Unión mientras que en Mazatlán sólo se esperaba la inminente llegada de los buques de guerra franceses que se posesionarían de la ciudad. Pero Corona ya había decidido derrocar al alfil de su enemigo Vega Daza y el miércoles 12 estacionó a su ejército en Urías. Esta noticia pronto llegó al puerto y de inmediato los comerciantes removieron de sus negocios los  objetos valiosos.  El jueves llegó y con ello la tensión crecía entre la ciudadanía. El ataque de Corona en contra del gobernador era inminente.

El viernes 14 Ramón Corona envió un ultimátum al gobernador Jesús García Morales conminándole a entregar la plaza, de  lo contrario el ataque comenzaría en forma inmediata. Morales contaba con 500 hombres bajo su mando y tres cañones de 36 libras además de armamento menor;  Corona tenía 600 de infantería y 200 de caballería, además de mil hombres más estacionados en Villa Unión.

Llegó la noche del viernes y con ello la luna llena se hizo presente,  permitiendo una visibilidad óptima para lo que comenzaría a las dos de la mañana del ya sábado. Desde los techos de las casas cientos de mazatlecos fueron testigos del golpe de estado. Los soldados de Corona se movieron desde  Palos Prietos y avanzaron hacia la ciudad. Al llegar a unos 500 metros de la garita los artilleros de García Morales abrieron fuego pero no causaron baja alguna. Ante esto, los hombres de Corona avanzaron contra sus enemigos y abrieron fuego de rifle principalmente contra los de los cañones.  Los demás soldados, al ver que eran superados en número se unieron a las filas de Corona y juntos avanzaron hacia la ciudad. A pesar de esto,  las bajas  en las filas de Corona fueron quince muertos y diez heridos, mientras que en las del gobernador murieron tres y cuatro o cinco lesionados. El gobernador García Morales al saberse derrotado se trasladó hasta los muelles donde fue tomado preso por el mismo Ramón Corona. El paso siguiente fue que las fuerzas de éste se posesionaron de los edificios públicos. Así terminó esta rápida batalla que tuvo como objetivo derrocar al gobernador amigo de Vega Daza.

Sin embargo, ya con los hombres de García Morales derrotados,  las filas de Corona tuvieron más bajas. A las nueve de la mañana del mismo sábado se escuchó una explosión en el cuartel general cuando unas granadas que habían sido dejadas por los hombres derrotados  entraron en contacto con un cigarro que fumaba uno de los soldados. El resultado fue de cuatro hombres muertos y diez heridos.

Ese mismo día  Corona nombró gobernador del estado  al coronel Joaquín Sánchez y Román y al periodista  Pablo Retes  le dio posesión como prefecto de la ciudad. Pero el nombramiento recaído sobre Sánchez Román no duraría, ya Corona y Antonio Rosales habían decidido que éste sería el nuevo gobernador del estado de Sinaloa.

Por otra parte,   García Morales no permaneció preso por mucho tiempo, ya que el día siguiente, domingo fue puesto en libertad  permitiéndole abordar ese mismo día el buque John L. Stephens que lo llevó hasta Guaymas.



miércoles, 8 de marzo de 2017

Jesús Ramírez Terrón Toma Mazatlán

Bernardo Reyes
Jesús Ramírez Terrón Toma Mazatlán

El Cuartel de Artillería de Mazatlán se encontraba estratégicamente situado en la loma de la calle del Puente (hoy Benito Juárez) donde ahora se encuentran el Centro de Salud y la escuela primaria Antonio Rosales. Desde este punto se dominaba al norte la Bahía de Puerto Viejo, al sur la ciudad entera, al poniente el Cerro de la Nevería, y al oriente la Casa Mata. El 26 de junio de 1880 anclado en dicha bahía se encontraba el cañonero México.  Eran las tres de la mañana de ese día cuando llegaron hasta ese punto el general Jesús Ramírez Terrón acompañado del ex gobernador Domingo Rubí, así como unos cincuenta hombres, muchos de ellos sin armas. En el edificio militar se encontraban aproximadamente 150 soldados. Ahí un oficial de artillería le arrojó la llave de la entrada principal. Una vez adentro  él llamó la atención de sus hombres y los hizo ver cómo arrojaba las llaves para que nadie saliera por donde había entrado. Luego  sus seguidores procedieron a asegurar las armas que encontraron, entre ellas cuatro piezas de artillería. En ese instante todo un pelotón de artillería se adhirió a los recién llegados. Una pared los separaba de los soldados que permanecían fieles a su institución, y Ramírez Terrón dio la orden de derribarla a punta de cañonazos. Durante las siguientes horas el intercambio de disparos no paró y los muertos y heridos no se hicieron esperar. Pero las fuerzas del general rebelde habían asegurado la mayor parte de las municiones disponibles y gracias a ello devino la derrota de la  contraparte, tras la cual tomaron a muchos de ellos como prisioneros. Entre los defensores del cuartel se encontraba un general de apellido Valle, quien nunca se rindió ante los hombres de Terrón, y sólo abandonó la batalla una vez que disparó contra ellos la última de sus balas. Muchos de los vencidos que lograron huir se apresuraban a llegar al cañonero para refugiarse, unos en lanchas y otros nadando. El saldo final del combate, que terminó hacia las nueve de la mañana,  fue de treinta muertos e igual número de heridos.

En 1876, siendo prefecto de Culiacán, el coronel Jesús Ramírez Terrón había sido, quizá, el principal dirigente en el estado del Plan de Tuxtepec que Porfirio Díaz había pronunciado en contra del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. Además,  en 1877 fue gobernador del estado de Sinaloa, aunque había fungido en forma interina.  Y en las elecciones estatales de ese año sus aspiraciones de ocupar de nuevo la gubernatura se vieron truncadas porque la constitución le prohibía contender en ellas. Así, para 1880, Terrón se creía el candidato natural para suceder a Francisco Cañedo. Pero Porfirio Díaz lo desairó y en su lugar mandó a Mariano Martínez de Castro. Ante esto, Terrón se trasladó hasta Copalá donde el día 2 de noviembre de 1879 lanzó su Plan de Copala, adhiriéndose a la proclama hecha por el general Miguel Negrete y desconociendo el gobierno de Porfirio Díaz.

Aquella mañana de 1880 no nada más los militares habían quedado a la merced de los golpistas, los funcionarios de las oficinas gubernamentales sabían que si caían en manos de aquéllos podrían ser pasados por las armas, principalmente los encargados de la aduana. Y para prevenir esto, ellos también se refugiaron en el México.

Al amanecer el general Jesús Ramírez Terrón se había apoderado de Mazatlán y no había poder alguno que se lo impidiera. Esa misma mañana el hombre convocó a una junta a los principales comerciantes de la ciudad. Ahí les exigió un préstamo forzoso por la cantidad de cien mil pesos. La casa Echeguren, Sobrinos y Compañía  fue  obligada a cubrir la mitad del efectivo, el resto se distribuyó entre Peña y Compañía, Jesús Escobar, Bartning Brothers, Melchers y otras. El  golpista obtuvo sesenta mil pesos en efectivo más cuarenta mil en documentos cobrables.

Llegó el día 30 y Mazatlán permanecía aún en poder de Ramírez Terrón y sus hombres. No obstante, desde Guaymas, Sonora, ya había llegado el cañonero Demócrata, con unos ochenta soldados, que venían al rescate de la ciudad, el  puerto y  los ciudadanos. Ese era el plan… pero sus resultados fueron de lo más contraproducentes. Ese mismo día el buque ancló en Puerto Viejo teniendo al alcance y con buena vista el cuartel de artillería. Y comenzó el bombardeo. El cañonero disparó de 18 a 20 cañonazos en contra del edificio militar, pero no ocasionó ni una baja ya que las balas fueron a parar a otras casas, algunas de ellas incluso pasaron por el cielo y fueron a parar hasta la Bahía del Fondeadero.

El bombardeo causó varias casas destruidas y, por ende, un considerable número de mujeres y niños muertos; pero ni un solo soldado de Ramírez Terrón fue herido. Testigos de la masacre que se efectuaba, los cónsules de Estados Unidos, Alemania y Chile, señores Kelton, Sowerbûtts y Magaña, abordaron una lancha y con una bandera blanca fueron hacia el Demócrata para pedirle a su capitán que cesara el ataque a la población. El cese comenzó, pero el capitán del barco advirtió a los diplomáticos que éste continuaría sólo si los asaltantes en tierra no atacaban al navío. Esa misma noche del cañonero salió una lancha con varios soldados cuya misión era asegurar el pequeño buque Coquille, pero no tuvieron éxito.

La situación en Mazatlán era como una paradoja. Los comercios se habían visto obligados a cerrar sus puertas después de los saqueos de que fueron objeto durante el primer día de la revuelta. Ramírez Terrón y sus hombres se habían posesionado de la ciudad y puerto, pero a la vez ejercían una dictadura que no permitía ni un solo desmán ni alboroto.
Llegó el primero de julio y nada ni nadie podía remover a los pronunciados de esta ciudad. Pero con el día tres llegaron rumores de que desde Rosario avanzaba un regimiento de caballería al mando del coronel Bernardo Reyes. Además, el vapor Newbern había sido contratado para trasladar desde Guaymas y La Paz unos quinientos soldados que venían a combatir a los alzados. Por si ambos regimientos no fueran suficientes, el ejército también movilizó hacia este puerto unos seiscientos hombres  que tenía en Tepic.

Entre la noche del día tres y la madrugada del cuatro Terrón y sus hombres evacuaron Mazatlán llevando cuatro piezas de artillería que habían tomado del cuartel. Eran aproximadamente las dos de la tarde del día siguiente cuando en las cercanías de Villa Unión los casi quinientos  hombres de Terrón se encontraron con el regimiento de Bernardo Reyes, compuesto de doscientos cincuenta efectivos. De inmediato comenzó un combate que se prolongó hasta las seis de la tarde cuando ambas partes pactaron un cese al fuego. La verdad era que los hombres de Reyes se encontraban prácticamente sin parque, y éste había sufrido dos heridas que ponían en riesgo su vida. A pesar de esto,  Ramírez Terrón fue derrotado y se vio obligado a huir rumbo a Rosario, abandonando dos de los cañones que había tomado del cuartel.

Las noticias sobre los cien muertos que resultaron de la batalla de Villa Unión no tardaron en llegar a Mazatlán; se rumoraba, además, que Terrón había derrotado a Reyes y que aquél regresaba a la ciudad para tomarla de nuevo. Al día siguiente comenzaron a llegar los soldados heridos e incluso el propio coronel Reyes quien se apresuró a anunciar la derrota de los pronunciados.

Ramírez Terrón y sus seguidores se trasladaron a Rosario, población de la que también se posesionaron e impusieron préstamos forzosos. Pero las fuerzas federales ya se habían fortificado en Mazatlán con batallones llegados de San Blas,  La Paz, Guaymas y Tepic; las que muy pronto fueron comisionadas a dar con el alzado. Unos cálculos establecen que para entonces Ramírez Terrón contaba con unos seiscientos hombres, otros aseguran que eran unos ochocientos.

No obstante, sabiendo que el ejército venía en pos de ellos, tras pasar unos días en aquella ciudad, los pronunciados se trasladaron hasta Guadalupe Los Reyes, Cosalá.
Algunos autores señalan que Ramírez Terrón murió el día 22 de septiembre en El Salto, gracias a una traición, mientras que la prensa de California señala que murió en combate el día 13 de dicho mes.


viernes, 25 de noviembre de 2016

Presentación del libro Mazatlán Decimonónico IV



Está usted cordialmente invitado a la presentación del libro Mazatlán Decimonónico IV, de Antonio Lerma Garay.

La presentación, de lujo, será moderada por el maestro José Ángel Pescador Osuna, y contará con los comentarios de los maestros María Muñiz Ángel y Juan Lizárraga Tisnado.

La cita es a las 18:00 horas, seis de la tarde, de este miércoles 30 de noviembre, en la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Sinaloa, muy cerca del Acuario.

Los esperamos a usted y sus amigos.

viernes, 21 de octubre de 2016

Navidad en Mazatlán

Título:  Navidad en Mazatlán
Autor: Antonio Lerma Garay
Género: Cuento
Público al que va dirigido: Infantil y juvenil 
Editorial:  Creativos 7, de Culiacán, Sinaloa.
Precio al público: $100.00

Con una par de niñas como protagonistas, y con personajes salidos de otras dimensiones,  Navidad en Mazatlán más allá de un cuento navideño, mezcla la realidad y la fantasía con el tema ecológico de actualidad.

Sinopsis
:

Ruth Alicia y Ana, dos niñas de ocho años de edad,  sueñan con que un día  nieve sobre la ciudad donde viven, Mazatlán. Pero  ésta se ubica sobre el Trópico de Cáncer y, por ende,  es calurosa casi al extremo. Por eso una noche ellas invocan a la Hada Madrina de lo Imposible, pero ésta es incapaz de lograr tal proeza. Entonces recurren a Santa Claus. Por casualidad concurre el fenómeno de El Niño, causando que la temperatura  descienda días tras  día. Sin embargo, aparece un tercer implicado: Sapam Junera (del idioma yaqui Sapam que significa hielo o nieve y Junera que significa feo) dios de la nieve y el hielo quien llevará los sueños de estas niñas a  extremos jamás imaginados. Vientos gélidos e incluso témpanos aparecen en las aguas tropicales,  causando enfermedades y muerte.

A la venta en:
Librería Aquamar,  sita en Heriberto Frías número 1123, Centro Histórico. Muy cerca de la Plazuela Machado.
Librería Casa del Caracol, sita en Constitución número 83, Centro Histórico. Muy cerca de la Plazuela Machado.
Librería de la Multiversidad Lationoamericana, sita en  calle 21 de marzo número 36, Centro, a un costado del Palacio Municipal.

viernes, 7 de octubre de 2016

Una Historia de Amor

Una Historia de Amor

En el marco de la Revolución Mexicana, el Cañonero Tampico sirvió a las fuerzas federales hasta el día veintidós de febrero de mil novecientos catorce, cuando varios de sus oficiales y tripulación no sólo desertaron sino que se unieron a los constitucionalistas; el principal oficial era Hilario Rodríguez Malpica, quien era nativo de Coatzacoalcos, Veracruz.


Capitán Hilario Rodríguez Malpica

Existe la versión de que Rodríguez Malpica conoció en un baile celebrado en Guaymas, Sonora, a una guapa señorita de quien se enamoró. Esa noche él le propuso matrimonio, mismo que ella rechazó aduciendo ser la hija de un   general  comandante de las fuerzas rebeldes en Topolobampo. Sin embargo ella le dijo que aceptaría casarse con él si tomaba  el cañonero Tampico y lo ponía  a disposición de su padre en dicho puerto sinaloense. De vuelta a su barco, Malpica aseguró a su superior haber recibido órdenes de trasladar el cañonero a Topolobampo para bombardear a los rebeldes, a lo cual aquél asintió. En este puerto el capitán huertista fue arrestado por sus enemigos y enviado a Mazatlán.  Malpica fue puesto por los rebeldes al mando del cañonero Tampico y poco tiempo después se casó con aquella guapa mujer.


martes, 4 de octubre de 2016

Ultraje en Mazatlán

Ultraje en Mazatlán

El día 10 de enero de 1877 la goleta Montana, al mando de Charles Anderson, zarpó de San Francisco, California, rumbo a Mazatlán y a los puertos guatemaltecos de San José, Champerico y La Libertad.  El buque transportaba una elevada cantidad de mercancías diversas tales como municiones, pólvora, maquinaria, papelería, zapatos, máquinas de coser, licores, papelería, etcétera. El valor total de  las que iban destinadas al puerto sinaloense ascendía a 15 886 dólares; las destinadas a los otros era de 5873. La carga dirigida al puerto nacional había sido debidamente declarada ante el consulado de México en la ciudad californiana; en  tanto que la que iría a Centroamérica siguió las normas de dicho país, y era propiedad de Parrot & Co, C. Adolphe Low & Co, M. Bromberger, Carrera, Roma & Co y Urruela & Urioste; todas ellas de la ciudad y condado de San Francisco. También en ese mismo mes y año el buque de guerra estadounidense USS Lackawanna, al mando del capitán William P. Mc Cune, se encontraba en los muelles sanfranciscanos.

Sin contratiempo alguno, días después el Montana ancló en las aguas mazatlecas, descargó la mercadería destinada a esta ciudad, y enseguida se preparó para zarpar rumbo a Centroamérica. Pero aquí se encontró con una muy desagradable sorpresa. El director de la aduana local, identificado sólo como Mijoni, ordenó al capitán descargara toda la mercancía a bordo de este navío ya que en su concepto cuanto buque tocara Mazatlán estaba obligado a bajar aquí toda su carga y pagar los aranceles correspondientes, aun de aquella que no estaba destinada a este puerto. El capitán Anderson no podía creer lo que le estaba ordenando la autoridad mexicana, pero se negó a bajar la carga que iba a dichos puertos centroamericanos. Ante esto, el jefe aduanal mexicano ordenó el aseguramiento del navío así como de toda la mercancía que se encontraba en él.

Anderson acudió de inmediato al consulado de Estados Unidos en el puerto solicitando el  auxilio de su titular, señor K. Eldridge, pero nada hizo cambiar de parecer al director de la aduana quien recién había llegado de la Ciudad de México y, a decir verdad, no era la legislación aduanal una de sus especialidades. Quizá este funcionario no tuvo la menor idea de las repercusiones que tendría la arbitrariedad que estaba cometiendo, y el asunto siguió su curso. Muy pronto la prensa de San Francisco notició este acto, al cual le otorgó el título de Ultraje en Mazatlán.

El 15 de febrero ante lo infructuoso de sus esfuerzos, el cónsul envió una carta a Schleiden & Scholl, compañía propietaria del navío detenido, dándole cuenta de su intervención en el caso. Así mismo le solicitaba informara este asunto a los propietarios de la carga decomisada.

Enterados de la detención del Montana y de su mercancía dirigida a Guatemala, el 8 de marzo los remitentes de ésta acudieron ante el director de la aduana de San Francisco y le pidieron hiciera del conocimiento del Procurador General y del Secretario de Estado este Ultraje en Mazatlán, para que tomaran el caso en sus manos. Pero en Washington el asunto ya era del conocimiento de un senador de apellido Sargent, quien fue directamente ante el este funcionario y tras informarle al respecto le pidió interviniera no sólo él, sino que solicitara la intervención del presidente, Rutherford B. Hayes.

La prensa de San Francisco investigó acerca de Mijoni y anunció que él había sido un seguidor de Maximiliano I y que había llegado a la aduana de Mazatlán por orden directa de Porfirio Díaz. Este indio, así lo calificó este periódico, se creía un indio muy grande, y ejemplificaba su actuar con el  refrán put a beggar on horseback, de mensaje parecido al mexicano no tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre. Sin embargo, lo primordial de esta nota fue su sentencia: “El resultado final será que ‘pobre México’ será forzado a pagar unas cinco veces lo que valen el buque y su carga” Por una u otra causa, finalmente Mijoni se desentendió del caso y en un principio lo puso en manos de sus superiores, pero casi al mismo tiempo lo cedió al Juez de Distrito de la localidad.

El 21 de marzo de ese año el Lackawanna, se encontraba en San Francisco cargando vituallas cuando su capitán recibió un telegrama enviado desde el Departamento de Marina, en Washington, D C, por el cual se le ordenaba trasladarse a Mazatlán a investigar el caso del Montana. McCune no perdió el tiempo y en cuestión de días el buque de guerra ancló en las aguas mazatlecas. Cierto fue que su capitán se abstuvo de inquirir ante las autoridades locales sobre el caso, pero la sola presencia del buque llevaba un claro mensaje.

El Juez de Distrito de Mazatlán tomó el caso en sus manos el mes de marzo, y su primera resolución fue que no podía dictar sentencia si la mercancía sobre la que giraba el asunto no estaba en poder del jefe de la aduana. En efecto, si bien éste había ordenado su decomiso, la carga aún se encontraba a bordo del Montana. Por ende el juez ordenó que la carga fuera bajada a tierra y fuera puesta a disposición del funcionario aduanal. Una vez que esto sucedió, el día 19 se llevó a cabo una audiencia a la que acudieron Anderson en compañía de su abogado, de apellido Galán, así como Mijoni. Ahí el juzgador emitió una resolución que no dejó satisfecho a ninguna de las partes: el jefe de la aduana no tenía derecho alguno para retener la goleta Montana  y, por ende, se ordenó a éste que la dejara en libertad de partir cuanto antes; sin embargo, la mercancía dirigida a Guatemala debería esperar una posterior decisión. El navío zarpó ese mismo día rumbo a San Blas, Jalisco, mientras que la carga quedaba a disposición del juez. Ante esto, el cónsul Eldridge aconsejó a Anderson darla por perdida y esperar la resolución que vendría desde la Ciudad de México, sí, pero con la presión que ya ejercía el Departamento de Estado.  

En efecto, los gobiernos de Washington y de la Ciudad de México ya habían tomado el asunto en sus manos. Y para el día 31 de marzo todos los oficiales de la aduana de Mazatlán fueron removidos de su cargo, previamente se había enviado un oficio reprobando el actuar de Mijoni.

Pero el Ultraje en Mazatlán no terminaba con el cese de los aduanales. Tal como lo había anticipado la nota del periódico Alta California Daily, los dueños del navío,  Schleiden & Scholl, lo mismo que los remitentes de la carga exigían una indemnización por el decomiso ilegal que les había impuesto la casa aduanal, y para ello aún se encontraba en las aguas mazatlecas el Lackawanna. No se dio a conocer el monto de la indemnización que el gobierno de Porfirio Díaz Morí se vio obligado a otorgar a las compañías perjudicadas por este incidente.


lunes, 26 de septiembre de 2016

El Secuestro del Vapor Stephens

El Secuestro del Vapor Stephens

En las filas de las  fuerzas liberales de Ramón Corona existía un grupo élite conformado por estadounidenses al mando del coronel Frank F. Danna. Un día el general mexicano mandó llamar a este hombre para conferirle una arriesgada misión. Después de la entrevista que se efectuó en Villa Unión el 15 de marzo de 1866, el coronel y su pelotón se trasladaron de ese punto a Altata. Ahí abordaron un barco que los llevó hasta San José del Cabo y de ahí fueron hasta Cabo San Lucas donde esperarían un  buque.  

Eran aproximadamente las tres de la mañana del día 6 de abril del mismo año cuando el vapor John L. Stephens ancló en las aguas de Cabo San Lucas, Baja California Sur. De inmediato de él bajaron dos lanchas que portaban la mercadería destinada a este sitio. El buque, que había zarpado de San Francisco, California, el día 31 de marzo anterior, pertenecía a la  California, Oregon and Mexico Steamship Company, la cual había celebrado un contrato con el  Gobierno Imperial de México. De acuerdo a lo estipulado en dicho documento este navío   navegaba  entre los puertos del Pacífico mexicano y San Francisco, llevando el correo oficial además de mercaderías. Su ruta regular era San Francisco, Mazatlán, Guaymas, La Paz y Cabo San Lucas, para regresar al puerto californiano desde este último punto. El capitán del navío era el experimentado señor Edgar Ned Wakeman, quien esa oscura madrugada se aseguró de que ambos  botes bajaran la mercancía y luego regresaran al navío trayendo nuevos viajeros.


Debido a la hora en que el Stephens había anclado en Cabo, excepto Wakeman, un vigía y los dos hombres que habían bajado a tierra, la tripulación dormía, lo mismo que los casi setenta pasajeros. Muy pronto las dos lanchas regresaron al barco trayendo unos hombres que vestían con sombreros mexicanos y zarapes. Al  verlos subir al navío, el capitán descubrió que no eran mexicanos sino estadounidenses quienes, pensó él, eran prospectos de minero que habían caído en desgracia.

- ¿Son estadounidenses? –les preguntó el capitán.
- Si –le respondió uno de ellos.
- ¿Cuántos son?
- Ocho que viajaremos en cubierta –le contestó el mismo.
Tres hombres ya habían subido al barco. 

- ¿Es usted el capitán Wakeman? –le preguntó uno de los que ya habían abordado. Éste, tras recibir la respuesta afirmativa, le pidió hablar con él en privado. El capitán pensó que se trataba del supervisor de aquellos mineros y que le solicitaría una rebaja en el precio del pasaje. Los dos hombres, Wakeman y Frank Danna, se encontraban cara a cara cuando el primero sintió dos ligeras presiones, una  en cada lado de su barriga. Su instinto le  hizo voltear hacia esos dos puntos, y fue entonces cuando descubrió sendas pistolas. En ese instante vio un ligero brillo frente a él, era una tercera pistola que le apuntaba a la frente. Mientras esto sucedía otros hombres abordaban el barco. En voz baja Danna le ordenó  guardar silencio y luego le dijo:

Soy el coronel Frank F. Danna de las Fuerzas Liberales Mexicanas. Usted, su tripulación y sus pasajeros son mis prisioneros, y su barco queda detenido, de acuerdo a las instrucciones que he recibido, las cuales le mostraré. Cualquier resistencia será inútil. Tengo dieciocho hombres armados a bordo del barco, algunos de ellos han abordado por la amura. Sus oficiales serán asegurados y los pasajeros desarmados. No será detenido aquí por mucho tiempo. Busco a un pasajero y al contrabando de guerra. Si obedece y permanece en silencio, qué bien. Si no –le dijo agitando el revolver–  me da lo mismo. Le advierto que no intente nada.

Entonces Wakeman fue llevado a la cubierta superior del barco y quedó resguardado por dos hombres. El resto de ellos desarmó a la tripulación para luego, camarote por camarote, despertar a sus ocupantes y obligarlos a entregar sus armas de fuego y cuchillos. Media hora después el Stephens era completamente de Danna y sus hombres.

A las seis de la mañana el coronel fue hasta donde se encontraba Wakeman y le dijo que había encontrado contrabando de guerra, y que procedería a seguir las instrucciones recibidas, de las cuales le entregó una copia. Esta decía:

Brigadas Unidas de Sinaloa y Jalisco.
Comandante de Escuadrón Francisco F. Danna
Con la fuerza que he puesto bajo su mando, y de acuerdo con la autoridad que le he conferido en este cuartel general, procederá usted a asegurar el vapor John L. Stephens,  que sirve ahora en el Pacífico al llamado Imperio Mexicano, transportando correspondencia, armas y forrajes para los invasores del país.
Habiendo asegurado el barco, pondrá a disposición del Jefe de Hacienda en el estado todos los bienes que pertenecen a ciudadanos de naciones amigas, el resto de los bienes y útiles de guerra los pondrá en la playa en el primer puerto o bahía que estime conveniente.
Tomará usted prisioneros al capitán y la tripulación del barco.
De todo esto dará usted noticia a este cuartel general, con el propósito de realizar las disposiciones convenientes.
Si fuera atacado por los buques de guerra del enemigo, prenderá fuego al John L. Stephens, procurando la seguridad de usted y sus hombres de la mejor manera posible, y se reportará a este cuartel general.
Independencia y Libertad.
Villa Unión, marzo 15 de 1866.

Danna se retiró no sin antes decirle a Wakeman que el barco quedaba decomisado debido al armamento encontrado a bordo. A las nueve de la mañana, el coronel regresó y entregó al otro una orden por escrito que decía:

Cabo San Lucas. 6 de abril de 1866.
Capitán E. Wakeman.
Vapor John L. Stephens.
Por medio del presente le ordeno, por la autoridad con que he sido investido por las propias autoridades de la República de México, proceder de inmediato al puerto de Altata, y entregar ahí el vapor y sus efectos al comandante en jefe u oficial en cargo; de acuerdo con las instrucciones que me fueron conferidas en el cuartel general el 15 de marzo de 1866.
Francisco F. Danna

Wakeman entregó a Danna una protesta por escrito, en la que argüía que el Stephens transportaba legalmente mercancías desde San Francisco, y que el coronel no tenía autoridad alguna para decomisar el barco, además de hacerle saber que Altata no era un puerto seguro para que anclara ahí un buque del calado de este.
El plan ideado por Corona era en realidad demasiado audaz para que funcionara. El general pretendía transportar tropas liberales a bordo del Stephens y anclarlo en Mazatlán, acercarse, abordar y posesionarse de los buques de guerra franceses Victoire y Lucifer que se encontraban ahí anclados.  Al  mismo tiempo él y sus hombres atacarían a los imperialistas. Con estos dos frentes los franceses serían derrotados y se verían obligados a entregar esta ciudad.

Al saber que se le ordenaba trasladarse a Altata, el capitán tomó una determinación, y tajantemente le dijo a Danna que el Stephens nunca iría a dicho puerto, y que si insistía en hacerlo podía descomponerlo y con esto el navío no podría moverse un ápice. Además, le dijo, cuando una autoridad decomisa un barco es su responsabilidad llevarlo al puerto más cercano.

Sabiendo que nada haría cambiar de parecer a Wakeman, el coronel fue a conferenciar  con sus hombres para regresar luego de unos minutos. Aquél escuchó la nueva orden, y accedió a cumplirla;  el Stephens debería trasladarse a La Paz. En realidad cada uno de los hombres había cedido un poco. Danna sabía que si el Stephens hubiera atravesado el golfo posiblemente se hubiera encontrado con un buque de guerra francés y se habría enfrentado a graves problemas; a la vez Wakeman sabía que La Paz era un puerto seguro, a pesar de estar en manos de los liberales.

Hasta entonces el capitán del navío había recibido sólo un par de visitas de parte de pasajeros. Sin embargo, fue capaz de idear un plan para deshacerse de Danna y sus hombres el cual fue comunicado a través de aquéllas a otros miembros de la tripulación. La defensa se basaría en un solo revolver que alguien había podido esconder, y en trozos de metal con los que atacarían a los liberales. Así pues, si el plan de Corona de posesionarse de Mazatlán era descabellado, el de Wakeman que buscaba deshacerse de aquellos hombres bien armados no lo era menos.

Frank Danna fue a hablar con el ingeniero del buque, señor Houston, y lo que le dijo lo sorprendió. El plan había sido descubierto. Entonces Houston pidió al coronel  permiso para conversar con el capitán e informarle sobre esto.

El ingeniero entró al camarote donde se encontraba el capitán y le avisó lo que Danna le acababa de descubrir. Tras aquél también entró el coronel, y le dijo a éste: 

Wakeman, es inútil. Todo tu plan ha sido descubierto. Uno de tu tripulación y un pasajero te traicionaron. ¡Entiende! Yo y mis hombres abordamos este barco con un propósito y debido a unas órdenes. Ante un problema así, puedes estar seguro que con gusto daríamos nuestras vidas. Mis hombres sabían lo que podía suceder y hasta aquí han llegado. Ellos están fuertemente armados y a la primera señal de un ataque irán por todo el barco y no dejarán un hombre vivo de proa a popa.

Ya era la media mañana del día 7 cuando el Stephens ancló en La Paz, y de inmediato Wakeman envió una  protesta ante el cónsul de los Estados Unidos, señor F. B. Elmer. Pero los liberales ya habían  procedido a bajar la mercancía que venía en el Stephens. Luego el coronel exigió al capitán del barco le firmara  una fianza de cien mil dólares, lo que el otro rehusó en definitiva. Cuatro horas más tarde Danna bajó la garantía a sólo un mil quinientos dólares, más otros quinientos que deberían pagarse en efectivo. El coronel hizo ver al capitán que transportaba doscientas toneladas de carbón destinado al buque Panama, de la misma línea que el Stephens, y que, ergo, también servía al gobierno imperial. El capitán del barco sopesó la situación, sabía bien que dicho combustible podía ser confiscado también, y por ello accedió; entregó a Danna los quinientos dólares en efectivo y le firmó una fianza por la cantidad requerida, la cual fue entregada al jefe de la aduana local.

Con las armas decomisadas, los quinientos dólares pagados a Danna y la fianza, Wakeman pensó que pronto el Stephens sería liberado. Y tenía razón. Muy pronto el coronel le hizo llegar una carta en la que le decía:

La Paz, Abril 8 de 1866.
Capitán E. Wakeman.
Vapor John L. Stephens
Querido señor. Por medio del presente queda usted autorizado para tomar control completo de su barco y proceder con su viaje mañana por la tarde, renunciando yo a futuras reclamaciones sobre este viaje, su barco, carga y pasajeros.
F. F. Danna
Comandante del Escuadrón.


Al día siguiente un nuevo incidente en el que se involucraron soldados mexicanos y el Stephens amenazó con no permitir la salida del vapor de La Paz. Pero Danna ya había dado su palabra, y le hizo llegar a Wakeman un nuevo oficio:

República de México.
Cuartel General.
Comandante en Comisión.

Señor Capitán del vapor Norteamericano John L. Stephens
Habiendo asegurado el vapor norteamericano John L. Stephens bajo su comando en Cabo San Lucas, el 6 de este mes a las 4 de la mañana, por orden del general de las fuerzas republicanas beligerantes unidas de Sinaloa y Jalisco, ciudadano Ramón Corona, este día he dado órdenes para remover de dicho barco las herramientas, utensilios de guerra y otras cosas que puedan pertenecer al Gobierno Imperial. He puesto en entera libertad el barco, su tripulación y pasajeros, hoy a las doce en punto, para que puedan continuar su viaje a los puertos a donde se dirigen. He hecho esto sin causar molestias a las propiedades privadas de ciudadanos.
Francisco F. Danna
Comandante del escuadrón.

Por fin libre, el Stephens zarpó de La Paz y en vez de dirigirse a Mazatlán, que era su ruta usual, fue a Guaymas. De ahí navegó hasta el puerto sinaloense, a donde llegó el día 13. Las autoridades imperiales, al enterarse de todo lo que había sucedido abrieron una investigación que, gracias a testimonios de los pasajeros y a los documentos agregados, determinó que Wakeman era inocente de la pérdida del armamento, herramienta y piensos destinados al gobierno imperial.

En el certificado que el administrador de la aduana extendió al capitán del Stephens quedó descrito lo que Danna confiscó a los imperialistas y entregó a la la causa juarista. El documento establece:

Certificado.
Yo, Próspero Salazar Bustamante, administrador de la Aduana Marítima de La Paz, Baja California, testifico que habiendo encontrado a bordo del vapor norteamericano John L. Stephens contrabando de guerra siendo conducido para los invasores del país, he procedido a confiscarlo y ponerlo en posesión de las autoridades nacionales. Dicho contrabando de guerra consiste en lo siguiente:
U. L. Veintisiete cajas de sables y armas de fuego, que vienen haciéndose pasar  como herramientas; enviadas por J. Chavier a U. Lasepas.
P. M. J. Tres cajas haciéndose pasar  en el manifiesto   como vino claret; enviadas por P. Maury al cónsul francés.
U. L. Una caja de herramienta consignada al mismo Lasepas.
U. L. Quince cajas de herramienta consignadas al mismo Lasepas.
Ocho barriles de pólvora que no aparecen en el manifiesto.
Catorce cajas que no aparecen en el manifiesto, dirigidas al Prefecto de Mazatlán.
Todo lo anterior junto con trescientos veintiséis pacas de heno que, como el capitán dice, fueron consignadas al puerto de Mazatlán, lo he obligado a dejar en este puerto.
A petición del capitán, y para su propio uso otorgo esta declaración en La Paz, B. C, el 8 de abril de 1866.
P. S. Bustamante.

Administrador.