sábado, 11 de junio de 2016

Conociendo el Túnel El Sinaloense

Abril de 2016. El sábado quince me dispuse a cumplir la promesa que le había hecho a mi hijo de viajar juntos a Durango para que conociera él tanto esta ciudad como el Puente Baluarte y el túnel El Sinaloense. Por esa razón fuimos a Viajes Alfa Tours y reservamos nuestros pasajes para salir rumbo a la capital del vecino estado a las cinco de la mañana del día siguiente. Y así lo hicimos, minutos antes de la hora citada nos encontrábamos ya en el camión número 09 de la compañía turística. La guía de turistas “Rubí”, una mujer alta y robusta, nos dio la bienvenida y nos pidió paciencia ya que teníamos que esperar a otros compañeros de viaje quienes, por una u otra causa, les fue imposible llegar a tiempo a la cita.
No pasó mucho tiempo antes de que el camión con sus veintinueve pasajeros, la guía de turistas y, obvio, el chofer comenzara su recorrido. Aún no aparecía el alba por lo que decidí regresar a la tierra de Morfeo por unos minutos más. Pero nada iba a privarme del placer de admirar el paisaje, túnel y puente, lo que me hizo despertar apenas habíamos llegado a la caseta de cobro de Mesillas; ya los primeros rayos del sol se hacían presentes. Pocos minutos después pasábamos por varios túneles, entre ellos el de Pánuco, donde le dije a mi hijo que su abuela había nacido precisamente ahí. Minutos más tarde tuvimos a la vista el túnel El Sinaloense, que me parece tan impresionante como el mismo puente Baluarte, el cual maravilló a mi hijo al asomarse al vacío.
El paisaje cambió por completo, dominado por altas y esbeltas coníferas es bellísimo. En un punto la guía de turistas pidió nuestra atención pues tenía algo muy importante qué mostrarnos.
- En esas cuevas –nos dijo señalando a un punto negro, inaccesible, en la ladera de un cerro– se escondía El Chapo Guzmán.
Guste o no la narcocultura permea y este anunció despertó el interés de la gran mayoría de los viajeros; muchos de ellos de inmediato le tomaban fotografías a aquel punto negro.
Más adelante, cuando no eran ni las siete de la mañana en Mazatlán, la guía nos anunció que había llegado la hora de desayunar por lo que el camión se detuvo y fuimos conducidos a unas cabañas en las orillas de una población a la que ella llamaba Echeverría. Al descender del vehículo mi piel se erizó al sentir el frío. Miré alrededor y vi que un poco de neblina cubría el pueblo. Tras haber comido un menudo rojo de no muy buen sabor, gracias a los letreros de la carretera me enteré que el nombre correcto de la población es Chavarría.

Cuando el viaje continuó yo deseaba seguir admirando el paisaje duranguense, pero Morfeo ya había decidido otra cosa y me obligó a visitar su mundo. Fue por ello que cuando menos pensé, ya en las afueras de la ciudad de Durango, desperté cuando el camión se detuvo en una especie de hacienda llamada Ferrería. De ahí fuimos llevados de inmediato al teleférico, en el que podríamos viajar si el viento nos lo permitía; y todos nos quedamos con las ganas de subirnos a tan bonita cabina para ver desde el aire la ciudad.

¡Caray! ¡Yo nunca había viajado en estos tours grupales! Las etapas del viaje se suceden como una diarrea; no hay libertad ni tiempo para admirar, para estudiar, para aprender. De Ferrería al teleférico, de éste al Museo de Minería, de aquí al Museo de Pancho Villa. ¡Ah, si. Es cierto! se nos concedieron cuarenta y cinco minutos para recorrer el bellísimo centro de la ciudad de Durango, cuyos edificios centenarios me dejaron maravillado y, además de esto, envidié la limpieza de sus calles que para nada se parecen a las sucias, mugrientas y cochambrosas que tenemos en Mazatlán.

Sí, así es. Tan sólo tuvimos cuarenta y cinco minutos para recorrer el centro histórico de una ciudad tan bella, limpia y llena de Historia. De ahí fuimos conducidos a El Viejo Oeste donde habríamos de tomar nuestra comida en un restaurante denominado Marlboro. 
Aquí mi hijo y yo nos sentamos en una mesa, y él ordenó una orden de tres tacos de carne asada. Al cabo de un rato una joven y guapa mesera, vestida de esa época, le trajo tres gorditas rellenas de un poco de carne y salchichas. Luego, cuando iba a comenzar el espectáculo, mi hijo abandonó la mesa y se instaló donde pudo disfrutar de éste desde un ángulo mejor. A verme solo en una mesa de cuatro sillas, tres profesoras provenientes de Rosario, Sinaloa, y que viajaban en otro autobús me pidieron permiso para ocupar los espacios vacíos. Una de ellas abrió el menú y apenas leyó “Caldo tlalpeño” no quiso saber más.
- Me trae un Caldo Tlalpeño –le ordenó a la muchacha.
- Y a mí otro –también pidió otra de las maestras, mientras la tercera se limitó a estudiar la situación.
Muy pronto las mujeres tuvieron ante ellas sendos tazones de una sopa de verduras, la cual miraban con una mezcla de sorpresa y decepción. Luego, cuando una de ellas probó el platillo, vino lo que yo esperaba al ver sus rostros: El sabor de la sopa distaba mucho de ser lo que habían ordenado.
- Esto no sabe nada a Caldo Tlalpeño –dijo en voz alta. Luego la otra lo conformó.
Ya los tacos que había ordenado mi hijo me habían puesto en alerta, y esto de la sopa no me sorprendió para nada. Por ello, con algo de sarcasmo, les dije:
- Quizá la muchacha se equivocó y les trajo Caldo de Cuajimalpa.
Quizá fue lo mejor que ellas no entendieron mi broma.
- Es que nosotras estamos acostumbradas a la de La Panamá. Cada fin de semana vamos a Mazatlán y…
Para entonces el espectáculo de El Salvaje Oeste ya había comenzado y dejé de prestar toda mi atención a estas amables, pero decepcionadas mujeres. Durante el show no supe quien reía más si mi hijo o un anciano que parecía estadounidense; ambos se carcajeaban con cada ocurrencia de los actores.
Y llegó, por fin, la hora de regresar a Mazatlán. Pero me quedó el mal sabor de la comida del restaurante Marlboro, de aquel Caldo de Cuajimalpa y de sus tacos de salchicha que sí probé. También me decepcionó el servicio de todos los guías que nos atendieron en los distintos lugares que visitamos. Desde Ferrería hasta el Museo de Pancho Villa su falta de profesionalismo fue evidente y, lo siento mucho, pero en este mismo saco meto a la pobre de “Rubí” quien, entre otros errores, nos aseguró que en Durango existe una máquina de ferrocarril de más de trescientos años de antigüedad.
Y ahí veníamos en el camión 09 de Alfatours bajando la Sierra Madre, cruzamos el Puente Baluarte y poco después entramos al túnel El Sinaloense. Segundos después se escuchó cómo el motor del camión se rendía, éste desaceleró y se detuvo metros adelante. El chofer se bajó del vehículo para investigar qué sucedía; de inmediato “Rubí” nos ordenó permanecer en nuestros asientos, y así lo hicimos por sólo uno segundos, ya que yo comencé a detectar el olor de algo que se quema.
- Huele a quemado –le dije a un pasajero vecino.
- Sí, huele a quemado –repitió él ya con voz un poco más elevada.
Al escucharlo, “Rubí” ordenó nos bajáramos del camión, pero ya no hizo más, y como mi hijo se apresuró a llegar a la puerta fui yo quien dio la orden de permanecer repegados al túnel, de no acercarse al arroyo vial.
- ¿Repegados al túnel? –me preguntó un anciano ya en los escalones, y yo se lo confirmé.
Muy pronto no había ni una persona en el camión, pero todos se quedaron cerca de la puerta, justo donde representaría mayor peligro si otro vehículo impactaba la parte trasera del nuestro. Por ello le ordené a mi hijo camináramos hacia el otro lado. Si bien el chofer había encendido las luces intermitentes del autobús, éstas eran demasiado tenues, pero por fortuna encontré un cono grande de color anaranjado, el cual coloqué a varios metros atrás del camión.
Fue entonces cuando mi hijo, a pocos metros del vehículo, encontró un acceso al túnel peatonal de emergencia. Y ahí nos refugiamos él, otros pasajeros y yo. Ahí nos enteramos el punto exacto donde nos encontrábamos: a 1100 metros de la salida hacia Durango y a 1700 de la salida a Villa Unión. Yo esperaba que “Rubí” ya hubiera llamado a los servicios de emergencia a través del sistema de comunicación de la autopista, y salí para preguntarle; de no ser así yo lo haría. Tal vez ella adivinó mis intenciones, porque sin preguntarle me dijo que ya había dado aviso.
¡Qué casualidad! Yo soñaba con recorrer este túnel y ahora se me presentaba la oportunidad. Bueno, sí, pero no era como yo la había deseado. Aún así, caminé unos cuantos metros por aquel túnel de emergencia.
La verdad es que no tardó en llegar una ambulancia de los servicios de la autopista. Y lo primero que hizo la mujer que descendió de ella fue ordenar a quienes permanecían en las cercanías del camión desplazarse al acceso del túnel peatonal. Luego colocó la ambulancia a unos cien metros detrás del camión para, con sus luces led, prevenir a los vehículos que viajaban rumbo a Concordia. Además colocó varios conos preventivos tanto detrás como delante del camión descompuesto.
“Rubí” nos dijo que los recién llegados le habían dicho que en se avisaba a los demás usuarios de la autopista sobre lo que sucedía en el túnel, con el fin de que tomaran precauciones; además, aseguró, ya avisé a mi central para que nos manden otro camión. Al escuchar esto último yo me preguntaba si la señal de su celular era tan potente como para atravesar el grosor de la montaña dentro de la que nos encontrábamos.
Al ver las caras de quienes nos encontrábamos ahí, noté que la mayoría lo tomábamos como lo que era: un simple gaje, algo que a cualquier persona y a cualquier compañía le puede suceder. Pero también había personas cuyos rostros no podían ocultar el nerviosismo que sentían. Y para empeorar la situación algunos de los conductores de tractocamiones, quizá molestos por hacerlos desacelerar y retardar su viaje, hacían sonar sus potentes cornetas produciendo un ruido más que molesto.
Pasaron varios minutos más hasta que el chofer informó a la mujer de los servicios de emergencia que había reparado el camión y que ya podíamos continuar el viaje. Y así fue, pero la ambulancia nos escoltó hasta la salida del túnel. Fue ella, ellos, los del servicio de emergencia, muy profesionales y comprensivos.
Al salir del túnel el chofer detuvo el camión a un lado del camino, pero fue conminado por la misma mujer de la ambulancia a estacionarse al otro lado del camino, en un terreno que sirvió para este fin y que, además no ponía en peligro a nadie. Al abandonar el camino, el camión se tambaleó como si fuera a volcarse, pero por fortuna no fue así. Ahí duramos varios minutos, en lo que el conductor llenaba unos garrafones de agua. Y por fin de nuevo viajábamos de regreso a Mazatlán. Pero el camión no avanzó mucho cuando se sintió que el motor fallaba de nuevo y, como pudo, llegó hasta la caseta de Mesillas. Ahí nos quedamos varios minutos más mientras el conductor hacía lo posible por reparar de nuevo el vehículo. “Rubí”, por su parte, nos hizo saber que su central ya había enviado otro autobús para rescatarnos. Pero éste no llegaba y primero el chofer pudo arreglar aquello que comencé a ver como una carcacha.
- Si quieren pueden esperar aquí el otro camión o nos vamos despacito hasta donde lo encontremos –nos dijo la guía.
El viaje ya era tedioso, cansado. Muchos nos veíamos malhumorados por aquella situación. Y fue por ellos que todos, sin excepción, decidimos subirnos a la carcacha. Y de nuevo ahí íbamos rumbo al puerto, hasta que…. Una vez más el 09 se rindió justo cuando ya casi llegábamos a Villa Unión. Pero debido a la sola inclinación del camino el vehículo pudo llegar hasta una gasolinera. Ahí una vez más el conductor se convirtió en mecánico. Fue ahí y entonces cuando lo oímos decir que ese no era su camión y que el 09 ya era como la cuarta vez que se descomponía en el camino, que en una ocasión en San Luis Potosí….
La verdad es que no pasaron muchos minutos antes de que llegara otro camión de la misma compañía hasta aquella gasolinera y nos trasladara, ahora sí sin falla alguna, hasta el punto donde habíamos iniciado aquella excursión. Cierto es que salvo la molestia y riesgo que corrimos nada sucedió a nadie de los pasajeros del camión 09, pero…

El Muñeco de Freddie Mercury


Enrique:

El pasado veintinueve de julio cumplí un año más de vida y desde semanas antes ya me había decidido celebrarlo a mi manera. Cansado, más que cansado, agobiado de laborar día tras día por varios meses en mis dos trabajos, en ambos pedí ese día libre y no permití que nadie estropeara mis planes. Fue así como ese antepenúltimo día del séptimo mes me levanté hasta media mañana, para así reponer al menos unas cuantas horas de sueño, y luego de desayunar frugalmente caminé casi dos kilómetros hasta llegar a la estación del tren subterráneo. El clima era perfecto; el sol brillaba sin nube alguna que le opacara y la temperatura era agradable. Como te digo, era ese mi primer día libre en varios meses y me sentía simplemente feliz de tenerlo sólo para mí. Compré mi boleto en la máquina expendedora para luego depositarlo en la de la entrada. Deseché la idea de utilizar las escaleras eléctricas para bajar a los andenes, por lo que uno a uno descendí los noventa y tres escalones de concreto. Sólo unas cuantas personas se encontraban en los apeaderos, donde esperé de pie por casi veinte minutos hasta que por fin llegó el ansiado tren. Luego de un viaje de casi cuarenta minutos, éste me llevó hasta la ciudad de San Francisco. Ahí estaba yo en esta bellísima ciudad. Cómo resistirme a atravesar caminando el Golden Gate, o por lo menos verlo de lejos. Qué o quién podría impedirme visitar el Barrio Chino o el Muelle de los Pescadores. ¿Por qué no subirme a un tranvía que me llevara hasta la cima de una de esas lomas tan escarpadas, o abordar un ferri para visitar la famosa isla de Alcatraz?

Pero nada de eso era lo que yo tenía en mente. Por eso, luego de descender del tren en la estación del Centro Cívico, caminé unos cuantos metros de la calle Market, doblé en una esquina y de inmediato me encontré frente al imponente edificio de la Biblioteca Pública de la Ciudad de San Francisco. Así es, supongo que lo has adivinado. Medio loco como me llamabas tú en nuestra juventud, ese día yo no estaba en esta ciudad para admirar sus bellezas naturales o las creadas por el hombre, sino para sumergirme un poco en su acervo cultural. Mi plan era visitar la biblioteca pública de la ciudad ya que necesitaba yo un dato sobre la vida del general Vega y debería consultar los diarios del año mil ochocientos setenta. Entré por la amplia puerta y caminé por el pasillo central hasta llegar a la zona de los elevadores, presioné el botón para ascender y en unos cuantos segundos se detuvo uno de estos. Lo abordé y tras accionar el mecanismo llegué hasta el quinto piso. Ahí caminé por el pasillo circular hasta encontrarme en la sección de microfilmes, donde de inmediato me posesioné de una máquina lectora de éstos.

Un dato, un solo dato me hacía falta para dar por terminado un capítulo de la vida del general Vega, pero al desconocer la fecha exacta en que éste tuvo lugar debería yo consultar los diarios de ese año, desde el primero de enero hasta encontrarlo. Tenía yo al menos tres opciones: el Daily Alta California, el Evening Bulletin y el Morning Call. Opté por comenzar con el Alta, por lo que tomé dos rollos, los cuales abarcaban los doce meses del año, y me dispuse a castigar a mis ojos buscando las noticias que necesitaba. La edición diaria de éste se componía de cuatro hojas, lo cual significa que para cubrir un mes debería yo revisar doscientas cuarenta páginas. De este punto en adelante sólo es cuestión de multiplicar. Si la búsqueda en el Alta fuera en vano, pasaría a checar el Evening, y de ser necesario revisaría el tercer periódico. En otras palabras, ese día me esperaban horas y más horas de búsqueda, quizá tendría que regresar por segunda vez, tal vez hasta la tercera o cuarta ocasión hasta encontrar el dato tan necesario.

Sin embargo, hay ocasiones en que la suerte está de nuestra parte. Recuerdo una ocasión en la Biblioteca del Estado, en las calles Novena y N de la ciudad de Sacramento, que abrí un archivo de cientos de libros contenidos en microfichas y lo primero que encontré fue la narrativa de Abel Aubert du Petit Thouars sobre su visita a nuestro puerto en el año 1828. A decir verdad yo desconocía la existencia de este explorador, mucho menos tenía noticia alguna sobre su narrativa, pero ahí estaba, allí la encontré sin siquiera buscarlo. Y por increíble que parezca, en esta ocasión una vez más encontré los datos que buscaba al consultar el primer rollo. Mejor aún, los había encontrado al consultar los primeros números ¿Suerte, mera casualidad…? Es lo de menos la manera cómo se le quiera llamar.

Media hora después de haber llegado a la biblioteca ya había yo encontrado lo que buscaba y gracias a ello tenía para mí el resto del día. Bien podía yo dedicarlo a vagar por tan maravillosa ciudad. Sin demora, pero sin prisa, abandoné el edificio y caminé por la calle Market varias cuadras. Veía yo, estudiaba a las personas que caminaban de un lado a otro, veía las muecas en las caras de algunas, analizaba sus ropas de moda, me sentía atraído por sus más modernos aparatos electrónicos. Una cosa que admiro de esta ciudad es su carácter multicultural; en sus calles uno puede ver gente de todas las razas, de todos los rasgos y colores de piel. No pude sustraerme a admirar los altísimos edificios, los tranvías viejos, los carros para todos los niveles económicos. Fui cuadra tras cuadra hasta que llegué a un edificio de varios pisos que alberga la megatienda, así le llaman ellos mismos, de una compañía discográfica; no pude resistirme y entré a ver lo que para mí resultó ser la más amplia selección de música grabada en discos compactos y películas en formato también de disco.

En los tres pisos de la tienda, los estantes alineados en forma paralela mostraban la más grande variedad de discos que yo haya visto. Música para todos los gustos: moderna, vieja, más vieja; rock, pop, tecno, reggae, jazz, tango, ópera, clásica, tambora, etcétera; grabaciones europeas, latinoamericanas, africanas, o de los más apartados lugares del planeta. En fin, cualquier aficionado o un estudioso de la música bien podría pasar ahí el día entero y no terminaría de examinar todas esas reproducciones. En un rincón descubrí camisetas, tazas, ceniceros y otros artículos con los logotipos de los artistas más famosos en la historia del rock; también los había con las portadas de sus discos principales. No podían faltar objetos conmemorativos de los Beatles, Pink Floyd, Boston, Rolling Stones y varios más. Sin embargo, encontré una cosa que llamó poderosamente mi atención, un objeto que de inmediato me hizo recordarte: un muñeco de treinta centímetros de altura del cantante del grupo Queen. En efecto, ahí estaba una reproducción de tu ídolo Freddie Mercury. Tomé la figura en mis manos para analizarla. Su vestimenta era inconfundible, el parecido físico era increíble, inmejorable: su quijada un poco prominente, de bigote negro y poblado, con la dentadura un tanto desalineada; pantalón blanco con rayas rojas, chaleco de piel color amarillo bajo el cual llevaba puesta una camiseta blanca. Claro, no podía faltarle un micrófono. Viéndolo, lo primero que vino a mi mente fue una interrogante: ¿Sabrá Enrique en Mazatlán que existe este figurín? Pero, conociéndote, de inmediato la deseché. Cómo podría yo dudar siquiera que tú, todo un fanático de Queen, en tu amplísima colección de discos, videos y objetos diversos no tenías ese muñequín. Me sentí engañado por mí mismo.

Devolví la figura al estante y comencé a buscar una camiseta, una taza, cualquier objeto conmemorativo de mis grupos de rock o cantantes preferidos. Pero todo fue en vano. Ya con evidente falta de interés volví a revisar algunos anaqueles, decidí omitir la sección de películas, y luego de unos minutos salí local para caminar por las calles sin rumbo fijo.
Mientras caminaba, sin quererlo, el agridulce sabor de la nostalgia me invadió por completo. Una cascada de recuerdos me asaltaba, las remembranzas galopaban en mi mente, embestían mi presente. La mayoría eran de gratos y pasados momentos entre amigos, de libaciones maratónicas que terminaban hasta avanzada la noche. Durante éstas, con palabras que rebasaban las ideas para salir incesantes de nuestras bocas, qué tema no tocamos: la belleza, el sexo, la política, la situación internacional, la religión, la corrupción interminable, la música, etcétera. El muñeco de Freddie Mercury desenterró de un golpe todas aquellas vivencias.

Bien recuerdo que de todas aquellas ocasiones no hubo una sola sin el acompañamiento de nuestra música preferida; tú con Queen principalmente, yo con la mía. Ello trajo a mi memoria otra tarde, aquella de finales de noviembre de 1991 cuando Pablo y yo íbamos por Olas Altas en su viejo carro y encendí el radio para oír música. Se escuchaba la canción Rapsodia Bohemia, “Mamá, no quiero morir. A veces deseo no haber nacido” cantaba Freddie cuando por alguna razón Pablo cambió de estación transmisora. Sabía yo bien que la salud de este cantante se encontraba bastante quebrantada y cuando en la segunda radiodifusora se escuchó otra de sus canciones comencé a sospechar que algo había sucedido. Menos de tres minutos después llegó la confirmación a mis sospechas, cuando un locutor local anunció: “Freddie Mercury, cantante y líder del grupo Queen falleció hoy en Londres, Inglaterra, de...” El hombre continuó dando pormenores de la noticia, pero me parecieron sin importancia. De inmediato pensé en ti, el superfanático tanto del grupo como de su cantante. Yo sabía bien que la noticia te afectaría. Y así fue. A partir de esa fecha durante un año vestiste de negro en señal de luto. También, según me lo dijiste, religiosamente cada día escuchabas un disco del grupo y acrecentaste tu colección de sus objetos.

Por un segundo abandoné todos esos recuerdos, sólo para darme cuenta que ya era de noche. Entonces decidí regresar a casa por lo que me encaminé hacia la primera estación del metro que quedara a mi paso. Un poco cansado de la caminata, poco más de una hora después ya estaba yo en mi dormitorio preparándome para la rutina que me esperaba al día siguiente. Por la mañana me levanté temprano y como autómata fui a cumplir con mi trabajo. Al día posterior lo mismo, y al subsecuente. Pasó una semana y a ésta le siguió otra y otra. Luego un mes y otro, hasta que aquel veintinueve de julio quedó sepultado tanto por la monotonía del trabajo como por nuevos sucesos. Más de seis meses pasaron después de aquella caminata por la ciudad de San Francisco cuando una noche, mejor dicho una mañana muy temprano, tuve un sueño que me hizo darme cuenta el grado de admiración que le profesabas, me imagino que le profesas aún al grupo Queen, pero sobre todo a su cantante Freddie Mercury. También ese sueño me hizo darme cuenta de facetas de tu personalidad que jamás percibí.

En los terrenos de Morfeo, de nueva cuenta me vi en aquella tienda de discos, mejor dicho frente a aquel estante donde se encontraban las figuras del finado cantante de Queen.

- ¿Sabrá Enrique en Mazatlán que existe este muñeco de su artista preferido? Me pregunté de nuevo. Miré su precio, bastante accesible, y pensé enviártelo. No tiene caso, pensé, seguro que ya lo tiene. Pero un segundo después tú estabas frente a mí. En silencio, me veías con el figurín en mis manos. Al darme cuenta que estabas ahí, no perdí tiempo:

- Mira, Enrique –te dije gustoso– ¿lo has visto antes?
Tu cara me mostró la más condescendiente de tus sonrisas. Apenas tuve tiempo de notar tu gesto, pero de mi boca ya iba saliendo la siguiente pregunta.

- ¿Ya lo tienes?

Una vez más tu cara mostró reprobación a mi pregunta. Mi duda te había ofendido, y yo me sentía avergonzado. Cómo pude haber pensado que no lo tienes en tu colección.

- Mírame bien –me dijiste. ¿De verdad no me reconoces?

Por un momento no supe qué hacer, hasta que accedí a mirarte. No sabía a qué te referías. En mi mirada descubriste una profunda interrogativa, razón por la que de nuevo me pediste:

- Fíjate bien.

Yo no tenía una mínima idea de qué es lo que querías mostrarme. Me miraste con condescendencia, pero a la vez con impaciencia. Aún así seguía yo sin adivinar tu intención.

- ¡Mírame, fíjate bien! ¿No me reconoces? –casi me exigiste.

Entonces te miré de nuevo, y me di cuenta que se efectuaba en ti una metamorfosis. Tu bigote tan escasamente poblado se transformó en un perfectamente delineado y abundante mostacho negro. Tus dientes, naturalmente saltados, tomaban una desalineación peculiar. Tu pelo negro lucía un peinado que era impecable. Tu quijada se hizo prominente.

A estas alturas ya sabía yo hacia donde querías llevarme. No obstante, tus ojos me pidieron, me ordenaron mirarte una vez más. Tu pantalón color caqui se transformó en uno deportivo color blanco con rayas rojas. Tus zapatos negros se convirtieron en tenis blancos. Luego aquella camisa negra se tornó en un chaleco de piel color amarillo bajo el cual llevabas una camiseta blanca.

En un instante tú emergiste del muñeco de Freddie o, a decir verdad, no sé si éste se transformó en ti. Tú y él eran lo mismo. Yo no podía creer a mis ojos, mi boca era incapaz de articular una sola palabra. Creí que ahí terminaría el sueño, pero no, se hizo aún más profundo y como en las películas reservó la parte sustantiva para el final. Fue entonces cuando el muñeco desapareció y frente a mí tenía yo no sé a quién ¿eras tú o era Freddie Mercury? Me resultaba imposible diferenciar uno del otro.

- ¿Me ves, me reconoces? –con la más amplia y sincera sonrisa, con sumo orgullo me preguntaste. Fue esta interrogación la que me hizo descubrirte, y tú lo notaste.

- Veo que ahora sí me reconoces –aseveraste con todo tu orgullo inflamado. Por vez primera desde que nos conocemos me di cuenta que en tu manera de vestir, de caminar, de peinarte, siempre imitabas al legendario cantante. Sorprendido, te miré por un momento, iba a decirte no sé qué cosa pero entonces el más inoportuno estímulo me hizo despertar.

El sueño recién terminado parecía haber sido una vivencia real. Somnoliento, durante los primeros segundos fui incapaz diferenciar entre ésta y aquél, pero al fin logré sobreponerme. La mañana ya estaba clara pero mi despertador aún tardaría varios minutos antes de sonar. Entonces, motivado por la aventura onírica, decidí levantarme para buscar en un ropero un paquete de fotografías que una a una fui guardando con el paso de los años. Hurgué un poco y encontré una foto tomada más de veinte años atrás en la que estamos varios compañeros en la Playa Norte. En ella, en el extremo superior derecho, estás tú un poco separado del grupo. Claramente se puede ver que adoptabas la misma pose que el muñeco de Freddie Mercury.


jueves, 9 de junio de 2016

La Muñeca de Franz Kafka


Un día del año 1923 Franz Kafka y Dora Diamant caminaban por el parque Steglitzer de Berlín, cuando en una banca encontraron una niña que lloraba desconsoladamente. Qué te sucede, le preguntó el escritor. Ella le contestó que había perdido su muñeca. Al verla así de triste él de inmediato le inventó una historia:

- Tu muñeca sólo se ha ido de viaje. Lo sé porque me envió una carta.

- ¿La tienes contigo? –le preguntó ella con cierta sospecha.

- No –le respondió Kafka– pero te la traeré mañana.

Más tarde, ese mismo día, “él se sentó a escribir con toda seriedad, como si fuera a crear una obra literaria. Estaba en el mismo estado tenso como siempre que se sentaba en su escritorio. Franz había resuelto el pequeño conflicto de una niña a través del arte –el más efectivo medio a su disposición para traer orden a este mundo.” (Dora Diamant)

Dora Diamant contó esta historia al biógrafo de Kafka, Max Brod. Añade que durante varias semanas, Kafka escribió diariamente una carta de la muñeca para aquella niña y que se la entregaba en el parque. En la primera de éstas, ella le explicaba a la pequeña que aunque la amaba, ella había tenido que marcharse ya que se había cansado de vivir con la misma familia por tanto tiempo. Desde una perspectiva infantil y de la propia muñeca, en cada carta Kafka llevó la historia adelante. La muñeca se había enamorado de un galán y se habían comprometido. En una carta más le contó sobre los preparativos de la boda, luego de ésta. En una posterior le contaba que estaban buscando una casa para vivir.

Aunque la historia es verdadera, Dora Diamant la relató a Brod, las cartas nunca se encontraron. Se dice que en el último encuentro entre Kafka y aquella pequeña, éste le regaló una muñeca en cuyo estómago escondió una carta que fue descubierta años después, cuando ella ya era adulta. Supuestamente en ésta Kafka le escribió: Cada cosa que amas, finalmente lo perderás, pero al final el amor regresará a ti en una forma diferente.

Sin embargo, esta historia ha inspirado varios libros y al menos una obra de teatro. Una es El Viaje de Belinda Alrededor del Mundo, cuento de Guy Davenport dentro del libro A Table of Green Fields, Ten Stories. En esta historia la niña toma el nombre de Lizaveta y la muñeca el de Belinda. Ésta se enamora y casa con Rudolf, visita las principales ciudades del mundo y de cada una envía una carta a la pequeña contándole curiosidades sobre éstas.

Jaqueline Raoul-Duval toma esta historia y le da su propio tratamiento en Kafka Enamorado, en el que la niña toma el nombre de Malou. On Dolls, Acerca de Muñecas, de Kenneth Gross, también toma esta historia truncada del escritor checo. J B Alexander y Bruce A la adaptaron para su obra de teatro Kafka’s Belinda, La Belinda de Kafka, que fue presentada recientemente en Nueva York y en Praga.

El Primer Estudio Fotográfico de Mazatlán.

Pintura: Kinder an einem Guckkasten de Theodor Hosemann 
(muestra un Peep Show, visor de imágenes)


El siglo XIX fue para Mazatlán su siglo de oro, desde entonces y todavía en gran parte del siglo XX nuestra ciudad vivió su Belle Epoque. No hay que olvidar que en esa época no había aeronaves, no había automóviles, entonces el medio de transporte por excelencia lo eran los barcos. Y Mazatlán ya se había convertido en el principal puerto del Pacífico mexicano, y por ello era conocido en Estados Unidos, Europa, China, Sudamérica. Pero, si la fotografía aún no nacía o estaba en pañales, cómo se imaginarían los ciudadanos de aquellos países a Mazatlán: de eso se encargaron artistas de la pintura quienes plasmaron en sus obras los paisajes de nuestra ciudad y puerto. De éstos, las obras que más me gustan son las del almirante inglés Edward Gennys Fanshawe, quien llegó a estas tierras a bordo del HMS Daphne en 1850, pero también están las del capitán francés A T Petitjean quien realizó tres pinturas durante la Invasión Francesa; la representación de la toma de Mazatlán por el ejército francés aparecida en el parisino Le Monde Illustré, o los dibujos de Bayard Taylor, la aparecida en el periódico madrileño El Mundo Militar y muchos más.

Se tienen noticias que ya en junio de 1864 el señor Agustín Beaven, de nacionalidad estadounidense, ya había abierto su estudio fotográfico. De hecho los diarios de San Francisco, California, anuncian que el día 19 de enero de ese año la barca Clara R Sutil , cuyo capitán era un señor de apellido Perriman, salió de esa ciudad y puerto rumbo a Mazatlán trayendo ocho cajas de material fotográfico. Días después, el dos de febrero, a bordo del Fanny Major al mando del señor Higgins se envían seis cajas más del mismo material. Aquí las recibe el señor Beaven y poco después, aunque no puedo precisar la fecha, abre su galería fotográfica.


Él anunciaba su Galería Fotográfica en el semanario The Mazatlan Times, y decía que sus instrumentos y materiales eran de la mejor calidad, traídos de San Francisco.

Beaven no sólo tomaba fotografías a los mazatlecos, locales y extranjeros, sino que también trabajaba con otros tipo de fotografía ya desaparecidos como son el ambrotipo y la carta de visita. También él se convirtió en el primer importador y vendedor los químicos, instrumentos y demás materiales necesarios para la fotografía.

Pocos meses después, hacia octubre, William Zuber y el señor Hodapp, cuyo primer nombre se desconoce, abren la galería Hodap Zuber. Un homónimo de éste, quizá se trate de él, había ejercido la profesión de la fotografía en San Francisco. Debido a la descendencia de Zuber, algunas de sus fotografías las que han sobrevivido con el paso del tiempo.

Las Primeras Fotografías en Mazatlán.
Se sabe que una de las primeras fotografías en llegar a Mazatlán fue la que el primero de mayo de 1862 el cónsul de Estados Unidos en el puerto, Richard L Robertson, regaló al gobernador Plácido Vega. Ésta era una foto muy famosa de George Washington en Valley Forge. 

Los Mazatlecos Conocen el Mundo.
Y es necesario no olvidar la otra cara de la moneda, si en el extranjero nos veían de esta u otra forma, los mazatlecos que constantemente recibían buques provenientes de distintas latitudes, se preguntaban cómo serían aquellas ciudades, aquellos países tan distantes. Pues sucedió que hacia 1879 un hombre estableció una función de un Peep Show, una especie de Visor de Imágenes, que mostraba por un precio nada módico una selección de panorámicas de distintas ciudades de alrededor del mundo.




Curso de Lectura Rápida


¿Yo tomar un curso de lectura rápida? ¡Claro que no, hombre! Leo desde los trece años de edad y jamás he tenido prisa por terminar de leer libro alguno.

¿Yo leer tres, cuatro o cinco renglones en un santiamén? ¡Para nada! Si leer es uno de mis máximos placeres. Yo disfruto cada línea, cada párrafo, cada página; me hacen conocer otras gentes, otras culturas, incluso la mía misma; me transportan a lugares y tiempos ignotos, lejanos, casi olvidados; me hacen saber de los sentimientos de otros.

¿Yo doblar o triplicar mi velocidad de lectura? ¡No me interesa para nada! No le veo el caso, si leer no es una carrera de cien metros o un maratón.

Si se hiciera una extrapolación entre la lectura y la mujer, la lectura sería la más bella de las mujeres y la lectura rápida aquella prostituta que te demanda “apúrate, se te termina el tiempo”.

El Polvorín


Rotterdamsch nieuwsblad. Roterdam. 6 de agosto de 1881.P. 2

(Con datos adicionales y corregidos a los publicados en Érase una vez en Mazatlán)

El 29 de julio de 1881 don Bernardo Vázquez, prefecto de Mazatlán, envió al gobernador del estado el siguiente telegrama: "Seis de la mañana incendióse depósito pólvora, suburbios población. Muchos muertos y heridos. Tropa y pueblo ocúpase de sacarlos de escombros. Bernardo Vázquez." La noticia de esta tragedia le dio la vuelta al mundo.

Hasta el año mil ochocientos ochenta y uno existió en la Calle del Arenal, (hoy día Guillermo Nelson, sector Centro) de la ciudad de Mazatlán un depósito de pólvora. En la casa de la señora María Valdez, la cual se ubicaba en la manzana 12, cuartel 2, zona norte, lo que en ese entonces eran las orillas de la ciudad. 

A partir de ese año perduró en la memoria de los mazatlecos una de las mayores desgracias, ya que en ese edificio tuvo lugar una de las más grandes explosiones registradas en la Historia de México, causando una elevada cantidad de muertos y heridos además de pérdidas materiales que nunca pudieron ser cuantificadas. Eran las cinco de la mañana con cincuenta minutos del jueves veintiocho de julio de ese año. La gran mayoría de los mazatlecos dormía, sin sospechar que minutos después sucedería esa tragedia. En el interior del edificio en cuestión el guarda no resistió los deseos de encender un cigarro, y así lo hizo. Lo más probable es que alguna chispa de ese cigarro, quizá el cerillo utilizado para encenderlo, tal vez fue el mismo cigarro. Lo que sí es cierto que a las seis de la mañana en punto por todo Mazatlán, de norte a sur y de Olas Altas hasta la Isla de la Piedra, se escuchó una poderosísima explosión. El suelo se sacudió como si se tratara de un terremoto, el depósito voló causando una nube mezcla de gases y de polvo. De inmediato las casas contiguas al polvorín, y las siguientes a éstas, cayeron convertidas en escombro. Varias de las demás construcciones situadas en la misma manzana, así como las de la acera colindante sufrieron considerables daños. Las ventanas de las casas de toda la ciudad se estremecieron. 

Testigos de la tragedia aseguraban que todas las casas de la manzana habían quedado derrumbadas o por lo menos inhabitables. La fuerte explosión se debió a que ahí se encontraban doscientos barriles de pólvora negra y siete cajas de "tonita". Dentro de ellos había cinco mil libras de pólvora negra, dos mil cincuenta libras de pólvora gigante y mil cien de explosivo "tonita"

Pero, por qué en una casa particular había tal cantidad de explosivos. Doña María Valdez arrendaba dicha casa por seis pesos mensuales a don Luis Reunaud, en representación de Charpentier y Raynaud. Asu vez, este señor, o esta compañía subarrendaban la finca a las empresas Peña y compañía y a Bartning Hermanos y Cia. Dos años antes, en 1879, se había dado aviso verbal al prefecto, Antonio Gómez, sobre el establecimiento de dicho polvorín. Éste no lo objetó. Los Reynaud y los Bartning eran los dueños de los explosivos. . 

Después de la explosión una nube de humo y polvo cubrió parte de la ciudad. Todavía conmocionados, muchos ciudadanos, policías y soldados se desplazaron de inmediato para auxiliar a los heridos y rescatar los cadáveres de las ruinas. Había fundamentos para creer que familias enteras habían perecido víctimas de la explosión o de los derrumbes causados por ésta. Por la tardede ese día se habían rescatado setenta personas heridas así como treinta cadáveres. Uno de los difuntos era el juez de distrito, señor Francisco Peña. Al día siguiente continuaron las labores de rescate, logrando sacar de las ruinas cinco cuerpos más. Los siguientes cinco días los rescatistas extrajeron entre cuatro y cinco muertos diarios. Pero al séptimo día las autoridades prohibieron que se continuase con los rescates ya que lo consideraron peligroso.

Según el saldo oficial en la tragedia del polvorín de Mazatlán perecieron veinticinco personas, treinta más resultaron heridas y otras doce quedaron el calidad de desaparecidas. Pero los números muestran que los afectados fueron muchos más.

Cuando se abrió un nuevo polvorín, se hizo por el lado de de El Colchadero, hoy cerro del Vigía.

El Día Que Walt Disney Llegó a Mazatlán



Me pregunto si alguien en Estados Unidos, México o el resto de nuestro continente, de Europa y muchos otros lugares del mundo desconoce la obra de Walt Disney. Me pregunto quién nunca ha oído o leído sobre él, quién desconoce su obra. No pasan muchos segundos antes de responderme que su nombre y su obra son más conocidos alrededor del mundo que los de la gran mayoría de los seres humanos en todo el planeta, vivos o fallecidos. Durante mi niñez uno de mis programas de televisión preferidos era Disneylandia, que cada miércoles se transmitía en un canal local. Pero todos sabíamos que Disneylandia no era sólo el nombre de un espectáculo televisivo y del cine, sino además un lugar situado en California, Estados Unidos, donde los visitantes podían conocer “en persona” a todos aquellos personajes de sus películas: Blanca Nieves y los siete enanitos, Dumbo, Mickey, Pluto, los Tres Cochinitos, etcétera. En nuestra imaginación infantil hacía eco aquella frase con la que este lugar se describía a sí misma como “el mágico mundo del color” Por ello visitar dicho lugar, conocer sus personajes, era el sueño más acariciado por la gran mayoría de mis coetáneos, incluido yo, por supuesto. Pero siempre hay prioridades, cosas más necesarias, de hecho indispensables, por ello los años pasaron al igual que nuestra niñez, y aquellos sueños de visitar aquel mundo mágico, soñado y hecho realidad por el señor Walt Disney, se vieron frustrados para mí y la gran mayoría mis amigos y conocidos.

Pero todos aquellos sueños que el señor Disney convirtió en realidad al inaugurar su “mundo mágico”, el dieciocho de julio de mil novecientos cincuenta y cinco, pudieron nunca haber pasado de ser un planes y proyectos, ya que trece años antes el creador de Disneylandia vivió en carne propia qué es un huracán, y para ello no pudo escoger mejor campo de pruebas que… Mazatlán.

La mañana del sábado nueve de octubre de mil novecientos cuarenta y tres en el aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles, California, el señor Walt Disney, su esposa Lillian Bounds, Phyllis Hauret, sobrina de ésta, y dieciocho pasajeros más abordaron un avión de la compañía Pan American Airways. El ejecutivo Joe Schenck llegó un poco tarde a la cita razón por la cual por fortuna, o por desgracia, no encontró asiento disponible y no pudo abordar la aeronave, con destino al aeropuerto de la ciudad de México. El aeroplano era modelo Clipper, considerado como uno de los más grandes en su época. Todo indicaba que el vuelo no encontraría contratiempo alguno. Pero ninguna persona del aeropuerto angelino había tomado en consideración el clima que prevalecía en el noroeste de México, omisión por la que los viajeros de la aeronave habrían de pagar las consecuencias.

El señor Disney había sido contratado por el gobierno del presidente Manuel Ávila Camacho para realizar unas producciones cinematográficas en México.

Desde California hasta Sinaloa el avión había volado sobre la costa, pero al llegar a las cercanías de Mazatlán se encontró frente a una tormenta descomunal. En realidad la nave estaba frente a uno de los más fuertes huracanes que hayan azotado la región. Unos cálculos estimaban que la velocidad del viento rebasaba los trescientos veinte kilómetros por hora; otros decían que llegaba a los doscientos cuarenta; uno más aseguró que al menos soplaba a ciento sesenta.

El meteoro azotaba ya a Mazatlán y las ráfagas del viento obligaron al piloto del Clipper a suspender su plan de vuelo para buscar un sitio cercano dónde aterrizar. A pesar de los fuertes vientos el piloto decidió que lo mejor era buscar refugio en el aeropuerto de esta ciudad. Fue así como alrededor de las nueve horas locales aquel avión aterrizó en Mazatlán en medio de un huracán que apenas había comenzado a mostrar su poderío.
El piloto dio prueba de su experiencia y logro que la aeronave aterrizara sin mayor problema, luego se las ingenio para acercarla al edificio del aeropuerto. Sin embargo, el huracán apenas comenzaba a azotar la región y permanecer a bordo del avión sólo significaba peligro. Todos sabían que lo mejor era llegar hasta el edificio que tenían a unos cuantos metros de distancia, pero nadie se atrevía a intentar la huida. Sin embargo, como pudieron, la señora Lillian y su sobrina Phyllis se atrevieron a desafiar la fuerza del viento y lograron llegar hasta la construcción. Pero para el resto de los pasajeros fue imposible seguir los pasos de las dos mujeres, y se vieron obligados a permanecer en la nave. Durante las siguientes cinco horas, aterrorizados sintieron cómo ésta era sacudida sin cesar por el viento, incluso llegaron a creer que en cualquier instante la arrastraría. Pronto una ala del avión se desprendió del fuselaje, luego la otra. Poco a poco el avión se convertía en jirones por la fuerza del ciclón.

A la una treinta de la tarde, utilizando el radio de onda corta de aquel Clipper destrozado, el piloto de la nave se comunicó con el exterior para anunciar que la ciudad se encontraba sin electricidad, telégrafos teléfonos o agua potable. Pero para alivio de locales y visitantes esa misma tarde el huracán continuó su trayectoria rumbo al norte, dejando detrás una ciudad destrozada, aunque sin reporte de muertos.

Esa tarde Walt Disney, su esposa, Phyllis y demás pasajeros del avión destrozado fueron conducidos hasta el Hotel Belmar, en Olas Altas, el cual además de encontrarse deteriorado por los efectos del huracán, tenía muy pocas habitaciones disponibles. Pero por supuesto que no había manera alguna de negarle una habitación al creador de Disneylandia y a sus acompañantes. Ahí pasaron esa noche, el día siguiente y sólo parte del posterior, once, ya que este día un avión fue enviado desde la capital de la República para recoger a los importantes personajes para llevarlos precisamente a dicha ciudad.

En una entrevista que Walt Disney dio poco después, al referirse al huracán que le tocó vivir en Mazatlán dijo: “Toda una muralla de agua caía sobre nosotros. La ciudad completa estaba inundada”…“pensamos que nos llegaba el fin”

Paradójicamente la única manera que había en Mazatlán de comunicarse con el exterior era precisamente con el radio de onda corta del Clipper, y las autoridades locales lo usaron como propio. El propio general Pablo Macías Valenzuela, Comandante en Jefe de la Región Militar del Pacífico, tomó la radio en sus manos y mandó un mensaje pidiendo auxilio a las autoridades federales.


En un principio se dijo que el huracán no había causado muertes, luego se habló de cinco a siete. Días después se hablaba de cuarenta y seis personas muertas sólo en Mazatlán. Sin embargo, el huracán que había forzado a Walt Disney a visitar el puerto sinaloense causó daños a las siembras en otros lugares de Sinaloa, como Navolato, Quilá y Culiacán, además de muertes en Angostura, Ahome, Guasave y Sinaloa de Leyva.

El Primer Haz del Faro de Mazatlán


Hay quienes aseguran que el de Mazatlán es el faro natural más alto del mundo. Aunque falsa, esta versión no es nada nueva. Ya a principios del siglo XX el cónsul de Estados Unidos en este puerto, Louis Kaiser, había enviado una nota al Departamento de Estado, en Washington, dándoles a conocer esta aseveración de los mazatlecos. Sin embargo, él se excusaba sobre la veracidad de tal afirmación. En la actualidad dicha versión prevalece, y aun hay quien ha sugerido la intervención de la Organización Guinness para dejar en claro cuál es el faro natural más alto del mundo. No obstante, se debe tener presente que el faro de Mazatlán se ubica en la cima de lo que fuera la Isla del Crestón, elevándose 157 metros sobre el nivel del mar. Es por ello que yo continúo afirmando que en el Océano Atlántico existen al menos cuatro faros que superan en altura al nuestro: El Lovers’ Leap en Jamaica tiene 487 metros de altura; en Trinidad y Tobago existen dos faros que superan la altura del mazatleco, el de la Isla Chacachacare con 251 metros y el Brigand Hill con 217; el faro de isla San Vicente asciende a 222 metros.

Sin embargo, lo verdaderamente importante es recordar a las nuevas generaciones, y a quienes lo hemos olvidado o simplemente lo desconocemos, cuándo comenzó a brillar el faro de Mazatlán.

En enero del año 1871 Henry Edwards pasó quince días en Mazatlán y brindó su testimonio de que en esos días aún no había un faro en el puerto. Así lo dejó escrito: “al sur se levanta la montañosa isla llamada El Cristón Grande, el pico más alto y al que tuve el placer de ascender y desde donde se dominan los alrededores. En el extremo suroeste de El Cristón hay una cueva singular cuyas paredes están fuertemente impregnadas de sulfuro y llevan a desconocidos e inexplorados pasajes hasta el corazón de la montaña. El pico de esta interesante isla parece estar formado por la naturaleza para un faro, y en las manos de otra gente seguro ya le habrían dado ese uso. Pero debe anotarse aquí un hecho único, de gran significado, extraordinariamente ilustrativo de la nación mexicana, mientras que durante los pasados diez años se han colectado más de dos millones de dólares de varias nacionalidades por derechos de faro y casi la misma cantidad por concepto de pilotaje, no hay un solo faro en toda la costa mexicana

En una carta enviada el cuatro de octubre de ese año por Edward G. Kelton, cónsul estadounidense, a la Secretaría de Estado en Washington, señala “Un observatorio y un faro han sido erigidos.” Un reportaje aparecido en la prensa de California, Estados Unidos, que en realidad trataba sobre la situación política de México, dio la noticia de que el faro de Mazatlán había iniciado sus actividades: “El primer faro de la Costa del Pacífico de México fue iluminado en Mazatlán en octubre pasado.”

No obstante, en Europa, el 16 de abril de 1880 La Gaceta de Londres publicó una noticia que nos brinda datos más precisos sobre el primer día en que comenzó a brillar el Faro de la Isla del Crestón:

AVISO A LOS MARINEROS. (No. 54) Norteamérica. Costa Oeste. Mazatlán. Luz Fija en la Isla del Crestón. SE HA RECIBIDO INFORMACIÓN que el día primero de noviembre, 1879, se exhibió una luz del faro recientemente erigido en la cima de la Isla del Crestón, lado oeste de la entrada del Puerto de Mazatlán. El faro es una luz fija, blanca, del cuarto orden, y puede ser visible en clima claro desde una distancia de unas veinte millas. El faro consiste en una torre cuadrada que se alza del centro de un edificio cuadrado –ambos pintados de blanco. Linterna roja. Posición aproximada Lat. 23º 10’ 45” N, longitud 106º 23’ 10” W. Por orden de su Lord. Fredck. J Evans, Hidrógrafo Oficina Hidrográfica. Almirantazgo. Londres. 31 de marzo de 1880. Este aviso afecta a las siguientes Cartas de Almirantazgo: Cabo Corrientes a Islas Kodiak, No. 787. Bahía de Manzanillo a Golfo de California, No. 2323. Fondeos en la costa de México, No. 1876. También Almirantazgo de faros en Sudáfrica y Costa Occidental de Norteamérica, 1880. Página 10


El señalamiento marítimo había sido fabricado en París, Francia, y contaba con una gran lámpara de petróleo con espejos para reflejar y realzar la luz. Debido a que ésta era fija, no giratoria, los navegantes en la distancia a menudo la confundían con una estrella.

La Asonada Franconis


En el siglo XIX los pronunciamientos y las asonadas fueron una constante en la vida de México en lo general y la de Mazatlán en lo particular. En 1848, poco después de que las tropas estadounidenses desalojaran nuestra ciudad y puerto, el coronel Rafael Téllez encabezó una de esas asonadas. Por regla general el propósito de estos movimientos era apoderarse de los caudales de la Aduana Marítima e imponer “préstamos forzosos” a los dueños de las casas de comercio.
Pero cada vez que sucedía uno de estos movimientos, los mazatlecos quedaban indefensos y a la merced de estos grupos de hombres armados. Del 24 de enero y hasta el 18 de febrero de 1849, el coronel Juan Bautista Franconis encabezó una más de esas rebeliones con el fin permitir a un buque inglés, por lo menos, el contrabando de metales preciosos hacia Inglaterra. Las partes en conflicto eran una sección del ejército emplazado en el puerto, encabezado por Franconis; la Junta Municipal de Mazatlán, presidida por Miguel Lires, y de su lado el capitán de puerto Ramón Trillo y otras autoridades.
Esta es la historia:
El 25 de enero de 1849 la Junta Municipal recibió un aviso de los agentes de policía en el sentido de que el Comandante General del Departamento, Ignacio Inclán, en contra de su voluntad había sido subido al barco llamado Mazatleca o La Bruja. Fue por ello que la junta se declaró en sesión permanente. A las seis de la mañana los únicos dos integrantes de la Junta que se encontraban en ese momento, Juan Nepomuceno Vasavilbazo y Miguel Torres, ordenaron al alcalde primero conciliador procediera a aprehender a don Francisco Lerdo de Tejada, quien debía ser puesto a disposición de ellos sin dilación alguna y sin permitirle hablar con nadie. También se ordenó el arresto de don José María Yribarren. Una hora después, ordenaron al capitán de puerto procediera a detener dicho navío así como a sus tripulantes además de prohibir la salida del puerto a cualquier otra nave. Para entonces Juan Pablo Anaya, quien era el presidente de la junta ya se había unido a ésta.
Sin pérdida de tiempo Ignacio Herrera se presentó en la casa de Lerdo de Tejada y procedió a aprehenderlo y lo mismo sucedió con Yribarren, quienes quedaron a disposición de la junta en la sala capitular.
Sin embargo, ese mismo día el coronel Juan Bautista Franconis hizo saber a la junta municipal que él se hacía cargo del mando de la plaza, ya que éste no podía quedar acéfalo. Así mismo les informó que ordenaba la detención del don Juan Pablo Anaya por considerarlo partícipe del atentado. Al recibir este oficio, el presidente de la junta alegó a Franconis que carecía de facultades para erigirse como comandante de la plaza y le hizo saber que ello le correspondía al general Manuel Carrillo Negrete quien se encontraba en la casa capitular acompañando a la junta. Anaya le advirtió a Franconis: “ni yo ni nadie puede considerar a usted autoridad legítima para representar la ausencia del señor Comandante quien es propietario. Si usted continúa desacatando las leyes sépase que ejerce un mando usurpador y revolucionario.”
El día el capitán del puerto ordenó la detención del bergantín Republicano con el propósito de armarlo y salir en persecución de la goleta La Bruja. Pero antes ya habían armado dos lanchas que habían salido a la búsqueda de la goleta. Inclusive la junta municipal, sabiendo que el buque de guerra inglés Calypso se encontraba en el puerto, envió una nota al Cónsul de Inglaterra en el puerto solicitándole que el capitán del navío enviara una de sus lanchas en persecución de la goleta en auxilio de una nación amiga.
En el transcurso del día corrieron dos versiones sobre lo que había sucedido al comandante Ignacio Ynclán. La primera era que al ir a revisar la goleta en mención, en compañía de varios oficiales, tanto éstos como la tripulación del barco lo habían forzado a permanecer en el navío el cual había zarpado llevándoselo. La segunda versión establecía que hacia medianoche de tres a cuatro hombres armados lo habían sacado de su casa, afuera los esperaba una veintena de hombres al mando del oficial Agustín García, y lo habían subido a fuerzas a dicho navío. García era procesado por la justicia militar por haber sido cómplice de otra asonada sucedida en el puerto el 18 de julio de 1848. También ese día procedió a la detención del patrón del barco, de nombre Sabino quien al ser interrogado declaró que dos oficiales fueron los que ordenaron la salida de la goleta con el Ynclán a bordo y sin la documentación requerida.
De las indagatorias realizadas por la junta para el día veintiséis se supo que el teniente de la armada Rafael López, el coronel A Ramos y Lerga eran los principales involucrados. Por su parte Juan Bautista Franconis publicó un manifiesto a los habitantes de este puerto por el que les daba a conocer los principales detalles de este embrollo y haciéndoles saber que había dado vista de esto al gobierno supremo de la nación. Por su parte Ramón Trillo informó a la junta que el patrón de un bote recién llegado de Teacapán le informaba que en Chametla se encontraban un buque y una lancha.
El día veintisiete entró al quite el juez Fiscal del Primer Batallón de Artillería, un personaje que cuatro años después habría de jugar un papel primordial en la Historia de Mazatlán y de Sinaloa, don Pedro Valdés, quien escribió así a la Junta Municipal: “Hallándome con orden de formar una veriguación sumaria sobre el escandaloso atentado que se cometió en la persona del Sr Comandante General Don Ygnacio Ynclán la noche de el día 24 del corriente. He de merecer a VS se sirva remitirme los cargos que resulten contra el segundo teniente de marina Don Rafael López que se halla preso en este cuartel por disposición de esa respetable junta municipal. Dios y Libertad. Mazatlán. Enero 27 de 1849. Pedro Valdés. Y ese mismo día abrió la averiguación sumaria por la que al día siguiente pidió a la junta dos peritos en grafoscopía, recayendo el cargo en el preceptor de las primeras letras, Vicente Pelaez y en Santiago Calderón. Y ese mismo día el mayor de la plaza, Ignacio Monteagudo, intentó arrestar al general Juan Pablo Anaya pero éste no salió de la casa capitular donde se encontraba, por lo que ambos se hicieron de palabras e insultos.
Eran las once horas del día veintiocho cuando un piquete de soldados se presentó en la casa del general Anaya, y por órdenes de Franconis lo sacaron de ahí, lo subieron a un barco para trasladarlo a San Blas, donde quedaría bajo el resguardo del Cuartel general del Estado de Jalisco.
El día veintiocho la noticia de esta asonada llegó al gobernador del estado, Pomposo Verdugo, quien se puso de parte de la Junta Municipal y de inmediato dispuso enviar doscientos cincuenta soldados para preservar el orden. Así mismo dispuso: “para que la distancia a que se encuentra es corporación de este gobierno no perjudique la presteza de las operaciones necesarias, se delegan en la Junta todas las facultades que este gobierno posee con arreglo al art 82 de la constitución, en los casos como el presente de conmoción interior.” En la misma fecha el gobernador al capitán José Inda, del Presidio de Mazatlán, auxiliase a la Junta en cuanto ésta se lo solicitara. El día treinta Pomposo Verdugo dispuso que los militares implicados fueran enviados a Culiacán, donde quedarían presos en espera de su juicio.
Al día siguiente, continuaba la agitación. Pomposo Verdugo desistió de enviar los doscientos cincuenta hombres, ya que Franconis le había asegurado mediante oficio que la situación ya estaba controlada por él. De igual forma, regresó al puerto la lancha que había salido en persecución de la goleta Mazatlán, y se informó a la Junta que no había sido posible siquiera tener a la vista dicha embarcación, pero que un piquete de soldados al mando del teniente coronel Genaro Noris había quedado en San Blas para continuar la búsqueda. Al conocer esto la Junta giró oficios a los alcaldes de Siqueros y La Noria para que juntasen noventa hombres armados que quedarían bajo las órdenes de la misma en El Venadillo; otra orden que giró fue al administrador de la aduana terrestre ordenándole pusiera a su disposición todos los caudales que tuviese; además envió oficio a la Junta de Rosario alistara a la Guardia Nacional, la enviara a Mazatlán y la pusiera a sus órdenes.
El primero de febrero Franconis se dirigió a la junta cuestionándole estos procedimientos. Y ésta, el día tres, escribió a don Francisco de la Vega haciéndole ver el error al que había sido inducido el gobernador Verdugo. Sin embargo, al día siguiente éste le contestó que las fuerzas prometidas ni siquiera habían podido ser reunidas debido a problemas económicos y que mucho menos habían salido rumbo al puerto.
El cinco de febrero la Junta Municipal envió una nota al gobernador: “Esta corporación, compuesta de personas que obran por sus propias convicciones, y que pruebas ha dado de su celo actividad y energías para impedir el acontecimiento de los desórdenes perpetrados por la inícua y abominable clase militar ligada con especuladores mercantiles, ha visto con el más profundo sentimiento el paso retrogrado del supremo gobierno del estado, que dejándose sorprender ya por el oficial Carranza y por las comunicaciones que condujo del coronel J B Franconis no sólo ha revocado V E aquella justa y acertada providencia del 28 de pasado sino que a pesar de la distancia de 85 leguas en que se halla la capital del estado del punto donde amenaza el facineroso soldado, no sólo ha sufrido V E la grande equivocación de reconocer por Comandante General Accidental al autor quizá de la más criminal de las asonadas; sino que sí E, el coronel Franconis, el coronel Ramos, , don Cecilio Venega, el sr Monteagudo, y con pocas excepciones, la mayor parte de la oficialidad, de acuerdo con don Francisco Lerdo de Tejada, don José María Yribarren, el francés don Luis Vaal y uno o más almacenistas fueron los promovedores y autores de la asonada…”
La mañana del día siete la goleta Mazatlán se hizo presente en el puerto, y la Junta en cuanto se enteró ordenó a Pedro Pelaez, del piquete de seguridad pública, procediera a detenerla así como a toda su tripulación. Horas más tarde, cuando este oficial fue hacia la goleta un nutrido grupo de mazatlecos, entre ellos los empleados de la aduana marítima, presenciaba los hechos. El juez de letras también fue a bordo aunque éste para integrar el expediente que se seguía con motivo de la desaparición del comandante general Ynclán. Muy pronto los soldados comenzaron a intimidar a todos. A las tres de la tarde Franconis se hizo presente y protestó contra esta medida, pero para esas horas la tripulación del buque había sido declarada presa por don Pedro Pelaez. Ante esto Monteagudo y treinta hombres fueron hacia la goleta y para pedirle a Pelaez detuviera su actuación, éste se negó por lo que Monteagudo y varios de sus hombres le apuntaron con sus armas, lo obligaron a bajar del barco y lo conminó a abandonar Mazatlán. A las ocho de la noche el juez de letras rindió su informe a la junta, él también había sido forzado a suspender su indagatoria.
Debido a esto y a las amenazas de Franconis en contra de los miembros de la Junta Municipal, los miembros de ésta se vieron obligados a salir del puerto, pero declararon a los habitantes que se establecerían en El Venadillo, lugar desde donde ejercerían sus funciones. 
Y si las fuerzas que había prometido el gobernador Verdugo no llegaban, enterados los lugareños de La Noria y Siqueros que la junta solicitaba su auxilio, se dieron a la fuga. Ante esto la junta decidió imponerles una multa de quince a cincuenta pesos, según las posibilidades económicas de cada quien.
Por fin el trece de febrero el gobernador Pomposo Verdugo dispuso que doscientos sesenta hombres, al mando del coronel Francisco de la Vega, salieran de Culiacán rumbo al puerto, para restablecer el orden. Además las fuerzas de José Ynda, con sesenta hombres, se aprestaban ya para entrar en acción, y para ello la junta municipal había dispuesto avituallarlas.
El día catorce Franconis ordenó a los miembros de la junta detuviesen el avance de los hombres que venían de Culiacán ya que, aducía, había recibido órdenes de trasladasr sus fuerzas a la ciudad de Concordia, dejando en el puerto sólo un piquete encargado de hacer los saludos de cañón a los buques extranjeros que llegaban. Pero esa misma noche Franconis y sus hombres armaron la goleta Mazatlán y fueron rumbo al estero.
Tal como se le había ordenado, al mando de un capitán de apellido Marentes, las fuerzas de Franconis abandonaron Mazatlán y se dirigieron a Concordia. Además Francisco de la Vega y sus hombres, al acercarse al puerto, se les ordenó permanecer a dos leguas de éste, en el rancho San Rafael, previniendo un encuentro de armas entre ambos bandos. 
Franconis, Monteagudo y los demás principales cabecillas de la asonada sabían que la justicia los juzgaría, por lo que, auxiliados por el comerciante Fernando de la Torre abordaron un buque inglés y se fueron rumbo a la Alta California.